
Cuentos para dormir
El pollito Pío
Hace mucho, mucho tiempo, había una granja pequeña rodeada de colinas verdes. Por todas partes olía a primavera y la naturaleza se despertaba poco a poco del largo invierno. Las flores empezaron a adornar los prados con su belleza y con su perfume, y los brotes de los árboles brillaban como estrellitas.
En esta pequeña granja familiar, además de muchos animalitos, vivía también un pollito pequeño y curioso llamado Pío. Era como sus hermanos: escarbaba en la tierra, picoteaba granitos y piaba bajo el sol de la mañana, pero había una cosa que lo hacía distinto de sus amigos. A Pío le encantaban las flores.
Era muy temprano, y en cuanto sus hermanos se despertaron, se pusieron a perseguir hormiguitas o a piar al sol sonriente. Pero a Pío eso no le divertía, así que desde por la mañana se paseaba solito por el jardín y admiraba las flores abiertas. El pollito amarillo miraba asombrado cómo se balanceaban sus pétalos con el viento y cómo su perfume llegaba a toda la granja. Al verlas, se le abría el piquito naranja de puro asombro.
—Otra vez mirando esas flores. Tienes que ser como tus hermanos. ¡Las flores no son cosa de pollitos! —le regañó al pequeño Pío el viejo gallo Paco. Estaba en el jardín con el ceño fruncido, explicándole al pollito todo lo que debía hacer un pollito como es debido.
—¡Tienes que escarbar en la tierra, picotear granos, piar, y no quedarte embobado mirando unas florecitas de colores! —le gritó, y se marchó con las plumas erizadas de rabia. El pequeño Pío se quedó triste; aquello le dolía. Todos se burlaban de él porque estaba tan embobado con las florecillas. ¡Pero es que le encantaban! Así que no hizo caso y siguió visitando el jardín todos los días.
Una mañana de sol, cuando estaba allí sentado mirando las flores que se mecían con el viento, lo interrumpió una vocecita suave.
—Veo que a ti también te gustan las flores, igual que a mí —le dijo al pollito con cariño la granjera Ana. En una mano llevaba una cesta y en la otra una regadera—. Todos los días te veo admirar mis flores. ¿Y si me ayudas a cuidarlas? —le preguntó al pollito. Pío no entendió del todo lo que decía, pero Ana llevaba en su pelo castaño una corona de flores trenzadas, y a Pío le gustó tanto que aceptó, muy contento, la mano que ella le tendía. La granjera se subió al pollito al hombro. Desde allí, Pío miraba cómo Ana cuidaba las flores. Juntos las regaban y les quitaban las malas hierbas de alrededor. Hasta Pío se puso a ayudar: con su piquito arrancaba las malas hierbas rapidísimo.
Desde aquel día, Ana y Pío cuidaban juntos las flores todos los días, ya fuera regándolas o quitando las malas hierbas que crecían entre ellas. Hasta plantaron juntos flores nuevas alrededor del gallinero. Las demás gallinas miraban asombradas los colores tan bonitos que el pequeño Pío y la granjera habían traído. Y así, los demás pollitos, las gallinas y hasta el viejo gallo gruñón Paco dejaron de burlarse de él. Al ver cómo Pío se había ganado el cariño de la granjera y cómo toda la granja había florecido gracias a él, ya no se reían.
Es verdad que no hacía lo mismo que los demás pollitos, pero descubrió que hasta alguien tan pequeño como él puede ayudar en la granja, aunque sea de una forma un poco distinta a la de sus hermanos. Y así Pío, el pollito tan apañado al que le encantaban las flores, convirtió la granja en un paraíso de colores lleno de flores, ¡y se ganó la admiración no solo de la granjera, sino de todos los animalitos de la granja!
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