
Cuentos para dormir
Yemita y su sueño
Había una vez un patito pequeño. Se llamaba Yemita y vivía junto a un estanquito lleno de pececillos alegres. Desde el momento en que Yemita vio el sol por primera vez, siempre había estado solo. Solo se acordaba, muy vagamente, de sus hermanitos y hermanitas. Sus únicas amigas eran unas pececitas pequeñas y juguetonas, que siempre lo ayudaban y le enseñaban de todo.
Yemita aprendió a nadar y a comer, y era muy listo. A sus amigas, las pececitas, les estaba muy agradecido por todo.
Pero según pasaban los días, el patito estaba cada vez más triste. Se pasaba el día tumbado en la hierba verde junto al estanque, porque echaba muchísimo de menos a su familia, aunque casi no se acordaba de ella. Creía y soñaba que algún día volvería a encontrarla. Sus amigas las pececitas, en cambio, no entendían qué le pasaba. Pero Yemita no se rendía y cada noche tenía la esperanza de volver a ver a su familia. Ese era su gran sueño.
Un día de sol, mientras los pajaritos piaban alegres y se perseguían por el cielo sobre el estanque de agua clarita, Yemita se estaba bañando y lavándose las alitas amarillas cuando, de pronto, oyó un ruido. El patito no sabía qué había sido y se dio la vuelta enseguida. Detrás de él apareció un cisne blanco precioso. Yemita no se lo podía creer. Abrió el piquito de asombro y nadó hacia él. —Hola, soy Yemita. ¡Qué bonita eres! Ojalá yo fuera así —dijo con tristeza. La señora cisne se acercó nadando al patito. —Pero si tú también eres precioso, solo que todavía eres muy pequeño. ¿Dónde están tu mamá y tus hermanos? —preguntó sorprendida, buscando con la mirada por todo el estanque. —No lo sé. Desde que tengo memoria, siempre he estado aquí —contestó el patito, triste. La señora cisne se inclinó hacia él y le dijo: —Aquí al lado, detrás de esa hierba tan alta, hay otro estanque, y está lleno de patitos. Si quieres, te llevo. —Yemita no daba crédito a lo que oía y salió del agua a toda prisa para que la amable señora cisne lo llevara allí. —Gracias por todo. Vendré a veros a menudo —les dijo el patito a sus amigas las pececitas.
La señora cisne guiaba a Yemita muy contenta por la hierba alta, donde cantaban felices los grillos, hacia el otro estanque. —Ya casi estamos —le dijo al patito, que la seguía. Cuando ya llegaban al estanquito, que asomó ante ellos detrás de la hierba alta, de repente les salió al paso una gatita negra. Bufó a la señora cisne y ya estaba a punto de arañarla cuando el pequeño Yemita echó a correr y le dio un empujón a la gata, que se cayó al agua. Y ya se sabe que a los gatos no les gusta nada el agua. La gata se asustó, salió del agua a toda prisa y desapareció entre la hierba. —Gracias por salvarme, eres muy valiente —dijo la señora cisne—. ¡Mira, ahí tienes a tu familia! —exclamó alegre, y se fue volando. —¡Gracias por ayudarme! —gritó el patito, feliz. Su sueño se había cumplido. Se arregló deprisa las plumas amarillas y corrió hacia su mamá y sus hermanitos, que ya venían corriendo hacia él.
Entonces Yemita comprendió que no hay que rendirse nunca, sino creer siempre que todo saldrá bien. Aunque había estado solo, al final había encontrado a su familia. Yemita sigue siendo un patito valiente y juguetón, y va a menudo a visitar a sus amigas las pececitas y a la señora cisne. Les debe mucho.
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