
Cuentos para dormir
La abejita Lía
Había llegado la primavera y la naturaleza se despertaba de su largo sueño. Entre los animalitos había una abejita pequeña que esperaba la primavera más que nadie. Se llamaba Lía. Le encantaban las flores más que ninguna otra cosa, y justo en primavera florecían por todos los prados. Se pasaba el día zumbando de flor en flor y recogiendo néctar en su cubito. Pero lo que más le gustaba era sentarse en un pétalo, sin más, y admirar lo bonitas que eran y lo bien que olían.
Era un día precioso de sol, y mientras Lía revoloteaba por el prado, vio de pronto la flor más grande que había visto nunca. Tenía unos pétalos blancos preciosos que brillaban al sol. Lía llenó su cubito de néctar y se posó en un pétalo para disfrutar de aquel perfume tan bonito. La brisa sopló suavecito y los pétalos se movieron un poco. Pero cuando la abejita se disponía a echar a volar, no se podía ni mover. Sus patitas se habían quedado pegadas en el polen pegajoso de la flor. Nunca le había pasado algo así; siempre había sabido salir volando ligerita. Agitaba las alitas desesperada, pero cuanto más lo intentaba, más se enredaba en aquella cosa pegajosa.
—¡Socorro, por favor, que alguien me ayude! —gritaba la pequeña Lía, desesperada. Pero nadie la oía. Las demás abejas estaban demasiado ocupadas trabajando, y los otros insectos no la querían mucho. De repente, oyó un leve crujido. Encima de ella apareció una sombra oscura. Allí había una araña enorme, con unas patas largas y finas y unos ojos muy curiosos. A la abejita se le aceleró el corazoncito. «¡Este es mi fin!», pensó. «Los insectos no me quieren… ¡seguro que esta araña viene a comerme!» Los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas.
Pero pasó algo que no se esperaba para nada. La araña no la atrapó en su tela; al contrario, estiró con cuidado una de sus patas y la sacó de la flor. Lía cayó al suelo, se quitó de encima el polen pegajoso, agarró su cubito y echó a volar. Desde el aire miró hacia abajo, a la araña que la había salvado, que seguía tan tranquila sentada en la flor blanca.
—Me has salvado —dijo la abejita, sin poder creérselo. La araña se rio:
—No todas las arañas queremos comerte. A veces solo queremos ayudar.
Lía parpadeó sorprendida y luego se echó a reír. Siempre les había tenido miedo a las arañas. Pero esta la había ayudado, justo cuando no había nadie más cerca.
—Gracias —le dijo con una sonrisa.
Cuando Lía volvió a casa, a la colmena, les contó a todas sus hermanas abejas lo que había hecho la arañita, tan valiente. Y comprendió que no todas las arañas son malas, y que la ayuda puede llegar también de quien menos lo esperamos.
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