
Cuentos para dormir
El ciervo que salvó al rey
Era una noche oscura y fría. El rey viajaba con su hermano por los campos en plena noche. Envueltos en pieles, temblaban de frío y de miedo. Hacía mucho que tendrían que haber llegado a su castillo, pero parecía que se habían perdido. Fuera rugía una ventisca de nieve.
Los caballos estaban asustados y cansados, y el viejo cochero apenas podía con ellos. El rey maldecía la idea de haberse puesto en camino de noche. De repente se oyó un estruendo. La carroza dio una sacudida y el rey botó en su asiento. Se detuvieron. El rey se llevó un susto, y su hermano también. Tardaron un buen rato en reponerse del golpe.
De pronto, el cochero se asomó a la ventanilla y dijo: —¡Majestad! ¡Un ciervo ha chocado contra la carroza! Tenemos una rueda rota y no podemos seguir. Tendremos que pasar la noche aquí. —El rey se puso hecho una furia. ¿Pasar la noche aquí? ¿Con este frío? ¿Con este temporal? ¿Sin comida? ¡Si podían llegar lobos o bandidos! Maldijo al ciervo y juró que mandaría cazar a todos los ciervos de la comarca. Pero no había nada que hacer.
El rey se tapó con las pieles y, aunque intranquilo, al final se quedó dormido. Por la mañana la ventisca había pasado y en el cielo salió el sol, que despertó también al rey. Saltó de la carroza porque quería ver con sus propios ojos qué había roto la rueda. Se esperaba cualquier cosa, ¡pero desde luego no lo que vio!
En la rueda rota tenía enganchada la cornamenta un enorme ciervo dorado. Estaba tumbado junto a la carroza, agotado y quieto. El rey miró aquella desgracia y le dio pena el animal. Con mucho cuidado le sacó la cornamenta de la rueda, y el ciervo se levantó despacio y se fue corriendo al bosque. —¡Hermano mío, ven aquí! —lo llamó su hermano, que estaba allí cerca. El rey apartó la vista del sitio donde el ciervo había desaparecido entre los árboles y fue hacia él. —¡Mira! —le dijo su hermano. El rey miró y se le heló la sangre. Estaban al borde de un precipicio enorme.
Si no hubiera sido por el ciervo, que chocó contra ellos y les rompió la rueda, se habrían despeñado. El rey, todavía temblando, comprendió que el ciervo le había salvado la vida. Y cuando volvió a su castillo, mandó cambiar el escudo real. Desde entonces, en él aparecen un ciervo y una rueda.
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