
Cuentos para dormir
Doli y su caballo
Muy lejos, en el Oeste, en un pueblecito como los de las películas de vaqueros, vivía una muchacha. Se llamaba Doli. Era una chica valiente y atrevida. Siempre llevaba el pelo recogido en dos trenzas y nunca le faltaba en la cabeza su sombrero de vaquera. En aquel pueblo todo el mundo iba a caballo. Cada vecino tenía el suyo. Y, por supuesto, Doli también tenía su amigo de cuatro patas. Era todo marrón, solo entre los ojos tenía una mancha blanca con forma de corazón.
Doli lo montaba todos los días. Galopaban juntos por los bosques, cruzando ríos y arroyos. Pero Doli era un poco distinta de las demás chicas del pueblo. Había nacido con los ojos enfermos. Desde pequeñita no veía absolutamente nada. Pero, como era una chica valiente, no le importaba. Y eso no le impedía montar a su querido caballo. Confiaba mucho en él y, aunque no hablaban el mismo idioma, se entendían.
Una tarde de sol preciosa, Doli salió a dar un paseo por el bosque con su caballo. Como no veía, se fijaba en otras cosas para saber por dónde iban. Primero escuchó el zumbido de las abejas de una colmena. Luego notó el olor de la resina pegada a los pinos que los rodeaban y, por último, oyó a la derecha el murmullo de una pequeña cascada. Se acordaba de todo para saber por dónde volver. Doli sabía perfectamente por qué camino iban y cómo regresar.
Pero, de repente, el tiempo empeoró. A una velocidad increíble se levantó un viento fuerte, trajo nubes y el cielo se cubrió. El sol se escondió y las nubes se volvieron de tormenta. Empezó a llover. A cántaros. La lluvia era cada vez más fuerte, el viento giraba alrededor de Doli y rugía tan alto que a la chica le costaba saber por dónde volver a casa. Con aquella tormenta no oía la cascada ni las abejas de la colmena. No olía los pinos. Intentaba oír algo, pero con tanto viento y tanta lluvia era imposible.
Estuvieron un rato dando vueltas buscando dónde refugiarse. Pero a los pocos minutos ya no sabían qué hacer. Empapada y agotada, Doli se tumbó sobre el lomo de su querido caballo y suspiró: —Lo siento, amigo. No veo nada. No oigo ni huelo nada. No tengo fuerzas. Tengo frío. No sé dónde estamos. Nos hemos perdido. Perdóname. El caballo comprendió que la cosa iba mal. Notó que Doli estaba cansada y que tenía miedo. Sabía que ahora todo dependía de él. Él no se iba a rendir. Su querida Doli lo cuidaba aunque no veía. Ahora le tocaba a él cuidar de ella. Así que miró a su alrededor, aguzó las orejas y el olfato y emprendió el camino a casa.
Al principio Doli se asustó: ¿adónde iba su caballo? ¿Adónde la llevaba? Pero, como confiaba en él, lo dejó elegir el camino. El caballo galopaba todo lo rápido que podía. La lluvia le azotaba los ojos y el viento intentaba frenarlo. Pero él no se dejaba. Quería llevar a su Doli a un lugar seguro. Tenía miedo por ella. Y nada lo detuvo. Al cabo de un tiempo vio a lo lejos su pueblo. Notó el olor de su cuadra. Su instinto no le había fallado. Lo había conseguido. Había llevado a Doli a casa. Había cuidado de ella.
Pasaron varios días hasta que la muchacha y su caballo se recuperaron del todo. Estaban helados y agotados. Necesitaban tiempo para recobrar fuerzas. Cuando Doli ya se encontró bien, fue a ver a su amigo a la cuadra. Se acurrucó contra él, lo acarició con las dos manos, luego lo abrazó y le susurró al oído: —Gracias, me has salvado. Eres el mejor amigo del mundo. En ese momento, el caballo sintió por dentro un calorcito muy agradable. Era la amistad que sentía por Doli. Y aunque no sabía hablar, sabía que su joven amazona lo notaba todo y lo entendía. La protegería y la ayudaría. La llevaría a todas partes y miraría por ella lo que ella no podía ver. Porque eso es la amistad.
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