
Cuentos para dormir
Pulgarcita
En un reino mágico, donde todo cobra vida y cada criatura tiene su propia voz, nació de un pétalo una niña chiquitita. Era más o menos del tamaño de un dedo. De día cuidaba de las flores y les cantaba, y de noche dormía en una cáscara de nuez, tapadita con un pétalo de rosa. Todos la llamaban Pulgarcita.
Un día pasó saltando junto a la flor de Pulgarcita una rana. Al verla, pensó que sería la novia perfecta para su hijo, el sapito. Así que la rana cogió a Pulgarcita y se la llevó al estanque donde vivía con él. Pero a su hijo Pulgarcita no le gustó nada; ¡hasta le dijo que era fea! Se marchó dando saltos, enfurruñado, hacia los juncos más espesos, y mamá rana se fue corriendo detrás de su niño y se olvidó por completo de Pulgarcita.
Pulgarcita se quedó sentada en un nenúfar en medio del estanque, pensando cómo iba a llegar a la orilla. Era tan pequeñita que nunca habría podido llegar nadando. Se le empezaron a caer las lágrimas, pero una brisa suave se las secó enseguida. Era una mariposa preciosa, que revoloteaba sobre Pulgarcita y hacía aire con sus alas. «¿Por qué lloras, pequeña?», le preguntó. «La rana me trajo hasta aquí y me dejó sola. Y ahora no sé cómo volver a la orilla», le contó Pulgarcita.
La mariposa sonrió y le dijo a Pulgarcita que se subiera a su lomo. Luego la llevó a la orilla y la dejó encima de una hoja grande de bardana. ¡Qué alivio no haberse quedado sola en medio del estanque! Pero la alegría le duró poco. Nada más beberse unas gotitas de rocío, algo zumbó por encima de ella. Era un escarabajo, que hacía ese ruido frotando las alas. Le llamó la atención aquella cosita tan pequeña, así que la agarró y se la llevó volando. Por el camino, los demás bichos le zumbaban: «Esa no es novia para ti, escarabajo. ¡Si tiene muy pocas patas y ni una sola ala!». Y el escarabajo la dejó caer al suelo.
Pulgarcita se hizo un poco de daño al caer y ya estaba muy, muy triste. Desde que había abierto los ojos aquella mañana, no había tenido ni un momento de tranquilidad: siempre había alguien que se la llevaba. Pero parecía que por fin la suerte le sonreía. Una ratona vieja y gris la vio y, cuando oyó su historia, la invitó a vivir con ella en su agujero. Se convirtió en su niñera y la cuidaba como si fuera una ratoncita. Allí vivieron las dos tan a gusto, hasta que empezó a acercarse el invierno.
Antes de que cayera la nieve, Pulgarcita salió a dar un último paseo y se encontró una golondrina tirada en el suelo. Se llevó un susto tremendo, porque pensó que el pajarito estaba muerto, pero luego vio que respiraba. Solo estaba helada: no le había dado tiempo a irse volando a tierras más cálidas. Pulgarcita la tapó con las últimas hojas que aún temblaban en los árboles y le frotó las alitas. Al poco, la golondrina volvió en sí y le dio las gracias por salvarla. Le propuso irse volando con ella al mar, donde siempre hace calor, pero Pulgarcita no quería dejar sola a su niñera.
Luego pasaron todo el invierno con la vieja ratona en su cuartito bajo tierra. Por fin llegó la primavera y Pulgarcita salió fuera loca de contenta. Cantaba y estaba feliz. Un topo la estuvo mirando y se le metió en la cabeza casarse con aquella cantante tan pequeñita. Pero Pulgarcita no quería vivir con él bajo tierra, siempre a oscuras. El topo, sin embargo, era muy pesado y quería llevársela a su casa subterránea, aunque fuera a la fuerza. Menos mal que justo entonces volvía la golondrina a la que Pulgarcita había salvado. Al ver lo que pasaba, la llamó: «¡Ven, Pulgarcita, súbete a mi espalda!». Pulgarcita se subió de un salto entre sus alas y la golondrina se la llevó a un prado enorme lleno de flores de todos los colores y formas. Allí el topo ya no podía hacerle nada.
Muy pronto conoció a un duende de las flores que cuidaba de las plantas del prado, justo lo que más le gustaba a Pulgarcita. El duende era solo un poquito más grande que ella y, de tanto cuidar juntos las flores, se hicieron amigos inseparables y, con el tiempo, empezaron a quererse de verdad. Así que en el prado se celebró una boda por todo lo alto. Todo estaba lleno de colores, y a la boda vinieron la mariposa que la había ayudado y su mejor amiga, la golondrina. Y, claro, tampoco podía faltar la ratona niñera. El néctar de las flores corría a mares y todos lo pasaron en grande. De hecho, desde entonces, en aquel prado siempre hubo alegría.
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