
Cuentos para dormir
El ladrón de la granja
En un lugar apartado, detrás de un bosque muy espeso, había una granja. Alrededor se extendían grandes campos donde se cultivaban patatas y maíz. En aquella granja vivían varios animales. En el establo dormían las ovejitas, junto a la caseta vigilaba un perro grande, en las cuadras estaban los caballos y por el corral correteaban las gallinas y los patitos.
De todos ellos se ocupaba un granjero viejo y sabio. Ya era abuelo, pero todavía trabajaba como el que más. Todas las vacaciones de verano iba a verle su nieto Pablito. Ayudaba a su abuelo a cuidar de los animales y de toda la granja. En la granja vivió muchas aventuras. Pero esta fue la más emocionante de todas.
Pasó en verano. El sol calentaba todos los días. Pablito pasaba todas las vacaciones en la granja del abuelo. Cada mañana iba al gallinero a recoger los huevos del día. Con ellos, él y el abuelo se hacían el desayuno. Pero aquella vez, cuando fue a por los huevos, no encontró ninguno. Era muy raro, porque las gallinas estaban sanas y ponían huevos todos los días. Revisó todo el gallinero y nada de nada. Luego miró fuera y vio que el perro también tenía el cuenco vacío y cara de hambre. Allí pasaba algo. Algo muy extraño.
Enseguida se lo contó todo al abuelo: —Abuelo, en el gallinero no hay ni un huevo. El perro también tiene el cuenco vacío, pero el pienso no se lo ha comido él. Tiene hambre. Aquí ha entrado un ladrón. —El abuelo se quedó pensando en voz alta: —Este no ha sido un ladrón cualquiera. Tiene que haber sido algún animal. Hay que averiguar cuál.
Y se pusieron manos a la obra. Prepararon trampas. Trampas seguras, de esas en las que el animal queda atrapado sin hacerse daño. Por la noche incluso hicieron guardia. Vigilaban en silencio, atentos a cualquier cosa que se moviera. Pero cuando se acercaba la medianoche, se quedaron dormidos de cansancio. Por la mañana, nada más despertarse, fueron a revisar las trampas. En la primera no había nada, en la segunda tampoco. Pero la tercera estaba cerrada. Se acercaron despacito y se asomaron con cuidado. Desde un rincón de la tercera trampa saltó un mapache. Estaba nervioso. Daba saltos en la jaula y quería salir. Tenía miedo. Pablito no se lo podía creer. Nunca había visto un mapache tan de cerca.
—¡Abuelo, mira, es nuestro ladrón! Tiene la boca y las patitas manchadas de huevo y de pienso —dijo Pablito con una sonrisa. Mientras Pablito vigilaba al ladrón peludo, el abuelo supo enseguida qué hacer. Llamó al centro de rescate de animales y les explicó a quién habían atrapado. Así se enteró de que el mapache se había escapado de un zoo cercano. Al poco rato llegaron sus cuidadores y lo devolvieron sano y salvo a casa.
Después, Pablito les contó a todos sus amigos del cole cómo él y su abuelo habían descubierto al ladrón y además lo habían salvado. Y ya estaba deseando volver a pasar las vacaciones con su querido abuelo.
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