
Cuentos para dormir
El rico y el pobre
Érase una vez dos hermanos que, aparte de parecerse, no tenían mucho en común. Uno era riquísimo y el otro, más pobre que las ratas. El rico se llamaba Vicente. Un día le pidió a su hermano pobre, Jaime, que le vigilara las gavillas en el campo. Y Jaime allá que se fue a vigilarlas.
De repente vio a una mujer vestida de blanco, casi transparente, que iba recogiendo por el campo las espigas que se habían quedado sueltas y las añadía a las gavillas.
«¿Y tú quién eres?», le preguntó Jaime, acercándose a ella con curiosidad.
«Soy la suerte de Vicente. Le ayudo para que todo le salga bien», dijo la mujer, y siguió recogiendo con mucho afán las espigas que quedaban, para que el hermano rico tuviera todavía más trigo.
«¿Su suerte? Pues me alegro por mi hermano. Pero ¿no andará también la mía por algún sitio del mundo?», le contestó Jaime con una sonrisa.
La mujer recogió deprisa las últimas espigas y luego le dijo a Jaime: «Ve por ese camino, hacia donde sale el sol. Allí encontrarás tu suerte». Y en cuanto terminó de decirlo, desapareció.
Jaime se pasó el resto del día dándole vueltas a todo aquello. A la mañana siguiente decidió irse hacia el este a buscar allí su suerte. Estaba ya a punto de salir de su casita cuando, de pronto, desde detrás del horno le saltó a la espalda una figura gris vestida con harapos que gritaba: «¡Tú no vas a ningún sitio sin mí! ¡Me quedo contigo para siempre!».
—¿Y tú quién eres? —preguntó Jaime, que ya no entendía nada. Y aquella figura gris le explicó enseguida: «Soy tu miseria. Llevo tantos años viviendo tan a gusto contigo… ¡y nunca te voy a dejar!».
—¡Pues claro! Así no me extraña que, haga lo que haga, apenas me llegue para comer y para un techo de mala muerte —dijo Jaime, que ahora lo veía todo claro. Mientras tanto, ya se le estaba ocurriendo un plan para librarse de la miseria. Lo que tenía claro es que no pensaba llevársela con él.
Y luego le dijo en voz alta: «Bueno, querida, pero yo no te puedo llevar a cuestas. Anda, mira a ver si te cabes en esta botella, y así te meto con ella en la mochila».
La vieja canosa soltó un graznido de triunfo y se metió en la botella como si nada. En cuanto estuvo dentro, Jaime le puso bien el tapón. Después, de camino hacia su suerte, la enterró en el bosque, para que no pudiera salir nunca más y para que ningún desgraciado se la encontrara por casualidad. No quería traerle la miseria a nadie más.
Y así siguió su camino hacia el este, en busca de su suerte.
Con el tiempo llegó a una ciudad y decidió buscarse algún trabajillo para ganar algo de dinero mientras encontraba su suerte. De momento, la suerte le sonrió, porque encontró trabajo: uno de los señores ricos de la ciudad le encargó cavar un sótano. No le iba a pagar nada, pero podría quedarse con todo lo que encontrara al cavar. Jaime cavaba y se le daba bien, porque estaba acostumbrado a trabajar duro. A las pocas horas dio con algo duro. Le quitó la tierra y aquel bulto brilló: era una pepita de oro. Según lo acordado, el oro tenía que ser todo suyo, pero aun así repartió el dinero con el señor en cuyas tierras lo había encontrado. Le pareció lo más justo.
Al día siguiente, Jaime siguió cavando para terminar lo que había prometido. Ya tenía hecho el hueco de todo el sótano, pero justo al final se encontró con una puerta de hierro. La abrió y vio oro y piedras preciosas: vamos, una fortuna. En aquel cuarto había también un baúl, y de dentro salió una voz: «Ábreme, señor mío». Lo abrió y de él saltó una figura vestida de blanco. Parecía hermana de aquella mujer de blanco del campo de Vicente.
«Señor mío, soy tu suerte», dijo la figura. «Llevo mucho tiempo aquí esperándote. Y ahora que me has encontrado, me quedo contigo».
Jaime volvió a repartir lo que había encontrado con el señor que le había encargado el trabajo en sus tierras. Y aun así le quedó tanto que no sabía ni cómo iba a gastárselo. Además, ahora todo le salía bien. Y es que por fin había encontrado su suerte.
Al poco tiempo, Vicente, el hermano de Jaime, pasó por la ciudad por unos negocios. Cuando se encontró con Jaime, no se lo podía creer: ¡su hermano el pobre iba vestido como un señor! Jaime se alegró mucho de verle y lo invitó a cenar a su casa nueva, que era un lujo. Le contó cómo le había cambiado la vida para bien desde que había encontrado su suerte y se había librado de la miseria.
Vicente se dejó invitar, pero enseguida le entraron las prisas por volver a casa. Puso como excusa que tenía asuntos que no podían esperar. Pero en realidad se fue porque se lo comía la envidia y necesitaba como fuera estropearle la suerte a Jaime. Las ganas de hacerle daño a su hermano lo llevaron al bosque, al sitio donde, según le había contado Jaime, estaba escondida la botella con la miseria dentro.
Y allí se plantó Vicente. Cavó deprisa hasta que dio con la botella. La abrió en el acto y dejó salir a la miseria. Quería mandársela enseguida a Jaime, pero le salió el tiro por la culata. La miseria, ya libre, le dio las gracias y le prometió: «Gracias por sacarme de esa botella, que ya tenía la espalda hecha polvo. En agradecimiento, nunca te dejaré ni a ti ni a tu familia. ¡Nunca!». Por más que Vicente intentó quitársela de encima, la miseria no se separó de él ni un palmo. Ningún negocio le volvió a salir bien; al contrario, por el camino le asaltaron y le robaron. Su casa se quemó y la miseria le seguía a todas partes. Al final acabó siendo un mendigo de verdad.
En los cuentos y en la vida se habla muchas veces de ricos malos y pobres buenos. Pero a Vicente se lo comía la envidia, fuera rico o pobre. Jaime, en cambio, era trabajador y buena persona, con dinero y sin él. Uno puede hacerse rico trabajando o por suerte, pero esa suerte hay que saber valorarla y no volverse un creído. Justo como hizo una vez el pobre Jaime, cuando la suerte le trajo la riqueza. Porque la suerte va y viene, y el dinero se escapa entre los dedos.
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