
Cuentos para dormir
El pajarito que hablaba
Había una vez un reino, y en ese reino vivía un príncipe. Sus padres eran muy severos y lo tenían encerrado en la torre más alta. El príncipe se pasaba allí los días solo, sin nadie con quien charlar ni nadie que lo animara. Un día, un pajarito dio unos golpecitos en la ventana.
El príncipe se puso muy contento. Dejó entrar al pajarito, le dio agua, unas migas de su comida y dejó que entrara en calor. El pajarito se quedó quietecito frente al príncipe, mirándolo. Y de pronto, habló. El príncipe pensó que se había vuelto loco. ¡Los animales no hablan! Pero el pajarito volvió a abrir el pico y de su garganta salió una voz humana, clara y limpia. Al príncipe le hizo mucha ilusión. Se puso a charlar con el pajarito. El pajarito le habló de la pobreza y la tristeza que había en el mundo. El príncipe se quedó triste, pero le pidió que volviera al día siguiente. Y así, cada día, el pajarito subía volando a la torre más alta y charlaba con el príncipe.
Un día, el viejo mayordomo que le llevaba la comida al príncipe oyó que este hablaba con alguien. Fue corriendo a contárselo al rey. Pero cuando subieron a la torre, no encontraron a nadie más que al príncipe. Solo había un pajarito posado en la ventana. Aun así, el rey no lo dejó estar y le ordenó al mayordomo que vigilara al príncipe. El mayordomo descubrió que el pajarito que visitaba al príncipe hablaba y, aunque el príncipe le suplicó que no lo hiciera, quiso meterlo en una jaula y matarlo. Y casi lo consigue, pero entonces ocurrió algo nunca visto.
El pajarito se convirtió en una princesa bellísima. El príncipe, el mayordomo y hasta el rey se quedaron sin palabras, boquiabiertos. —Soy la princesa del reino vecino y he venido a liberar al príncipe, al que tenéis aquí encerrado para que no pueda llegar a ser rey. Venid conmigo, querido príncipe, y olvidad los años que habéis pasado en esta torre. El príncipe aceptó encantado. Se marchó con la princesa a su reino, se casó con ella y se convirtió en rey.
En su castillo pusieron un montón de casitas para pájaros, pero ninguno hablaba con voz humana, y la princesa tampoco volvió a convertirse nunca en pajarito.
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