
Cuentos para dormir
¡Por fin vacaciones!
Cuando se acerca el final del curso, el sol calienta alegre en el cielo y ya están puestas todas las notas, eso solo puede significar una cosa: ¡llegan las grandes vacaciones de verano! Como todos los niños, el pequeño Jorge estaba deseando que empezaran las vacaciones, que ya estaban a la vuelta de la esquina.
Para las vacaciones tenía muchísimos planes… Jugaría, iría a la playa con sus papás y haría un montón de cosas más. Pero lo que más ilusión le hacía al pequeño Jorge era pasar el verano en casa de su abuela, en el pueblo. Allí corría por el prado, jugaba con los animalitos y ayudaba a la abuela en todo lo que sabía. Y eso a Jorge le encantaba.
Pasaban los días y el final del curso estaba cada vez más cerca. Los niños ya tenían las notas cerradas, así que en el cole solo charlaban, jugaban o se perseguían en el patio. Cuando llegó el día de las notas, Jorge estaba ilusionadísimo, porque eso significaba que muy pronto se iría al pueblo con la abuela. Sus papás se pusieron muy contentos cuando Jorge llegó del cole con una sonrisa de oreja a oreja y unas notas llenas de sobresalientes. Era muy aplicado y siempre se lo estudiaba todo muy bien, como decía la seño. De vez en cuando le caía alguna nota en la agenda por olvidarse los deberes, pero ¿a quién no?
—¡Pero bueno, Jorge! ¡Estamos muy orgullosos de ti! —lo felicitó su mamá. Le dio un premio dulce y luego lo mandó a hacer la maleta. Jorge sabía que se iba a casa de la abuela, al pueblo.
—¡Yupiii! ¡Yupiii! —gritaba Jorge, y se fue dando saltitos a su cuarto a guardar algunos juguetes. Con la ropa y las demás cosas, claro, le ayudó su mamá. A la mañana siguiente, sus papás llevaron a Jorge al pueblo de la abuela, porque ellos tenían que trabajar y Jorge estaba deseando pasar el verano con ella. El viaje en coche se pasó en un periquete.
—¡Ya hemos llegado! —dijo papá, y apagó el coche. El niño agarró su mochila, se despidió de sus papás y corrió al patio de la abuela. Ella ya lo esperaba con los brazos abiertos, junto con Lara, su fiel perrita. La abuela abrazó a su nieto y enseguida le dio sus bollitos caseros favoritos. Jorge deshizo la maleta, comió y fue a ayudar a la abuela a dar de comer a las gallinas, a ordeñar a la vaca Margarita y luego a dar de comer a tres cerditos muy traviesos. Todo iba sobre ruedas. A Jorge le encantaban los animales, y algún día le gustaría tener una granja como la de su abuela. Cuando la abuela no podía con todo, siempre iban a ayudarla Jorge o su papá. Pasaban los días, y Jorge hacía caso a la abuela y cuidaba muy bien de todos los animales. Les daba de comer, los ordeñaba o los lavaba. Era domingo por la tarde y Jorge ya había terminado casi todas sus tareas, menos una. Jorge se fue con pasitos cortos al establo, con Lara, a hacer la última tarea que le había dado la abuela antes de que oscureciera: ordeñar a la vaca Margarita. El niño lo intentaba con todas sus fuerzas, pero no había manera de ordeñarla.
—¿Qué pasa, Lara? ¿Tú qué dices? ¿Por qué no hay manera de ordeñar a la vaca? —le preguntó a la perrita, que solo ladró sin entender nada. En ese momento, Margarita se tumbó y empezó a hacer unos ruidos muy raros. Y antes de que el niño se diera cuenta, delante de él había una vaquita chiquitita.
—¡Abuela! ¡Abuela! ¡Margarita ha tenido un bebé! —gritaba Jorge mientras corría a buscar a la abuela a casa. La abuela salió corriendo y volvieron juntos al establo. —¡Anda, Jorge! ¡Es la cría de la vaca, es una ternerita chiquitina! —dijo la abuela, y se quedaron mirando juntos a la vaquita, que se movía muy torpemente. —¿Qué nombre le vas a poner? —le preguntó la abuela al niño con curiosidad. Jorge no podía creer lo que oía. ¿Él? ¿Iba a tener una vaquita? ¿Podía ponerle nombre? —¡Se llamará Oreo! ¡Como la galleta! Porque tiene los mismos colores, ji, ji —se rio Jorge. —¡Qué nombre tan bonito, Jorge! ¡Será tu mejor amiga! —dijo la abuela, y entre los dos cuidaron de la ternerita y la dejaron otra vez con su mamá, Margarita.
Y así, en las vacaciones, el niño encontró una nueva amiga, la vaquita Oreo, con la que vivió un montón de aventuras nuevas. Oreo, Jorge y Lara saltaban juntos, se perseguían por el prado y jugaban a mil juegos. El niño sabía que hay que cuidar de los animales y que siempre tenía que ayudar a la abuela en lo que pudiera, y eso era lo que más le gustaba de las vacaciones.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos de vaquitas Cuentos del verano Cuentos para primaria Cuentos sobre niños




¿Qué te pareció el cuento?