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Silvestre y la manada de perros salvajes – cuento para niños

Cuentos para dormir

Silvestre y la manada de perros salvajes

Marita P.7 de julio de 20265 min de lecturapara preescolar

Los perros salvajes eran animales que vivían lejos de la gente. Habitaban en los bosques, donde tenían sus guaridas. Vivían en manadas, es decir, siempre iban varios juntos, como una gran familia perruna. Nunca se fijaban en las personas. No se acercaban a la ciudad. Hasta un día muy especial en el que todo cambió.

En la ciudad vivía un niño al que todos llamaban Silvestre. Le llamaban así porque le encantaba ir al bosque todos los días. Observaba a los animales, recogía frutos silvestres y aprendía a reconocer las plantas que crecían allí. A sus padres les alegraba que le gustara tanto el bosque, así que le dejaban recorrerlo. Silvestre estaba a gusto en el bosque. Si hubiera podido, se habría quedado a vivir allí.

Pero una tarde, cuando se fue al bosque, pasó algo. Paseaba por su claro favorito cuando el cielo se nubló de golpe. En un segundo llegaron unas nubes tan negras que se quedó pasmado. No le dio tiempo a esconderse, y enseguida le cayeron las primeras gotas. De repente empezaron a verse relámpagos en el cielo y a retumbar truenos por todas partes. Antes de que Silvestre pudiera reaccionar, estalló una tormenta enorme. Silvestre echó a correr hacia casa. La lluvia lo empapó hasta los huesos. El viento le soplaba de frente. Todo a la vez le complicaba el camino: con aquel chaparrón no se veía ni a un palmo.

Corría y corría cuando, de pronto, se le resbaló un pie en el barro. Se cayó tan deprisa que no le dio tiempo a agarrarse a nada. Al caer, se dio un golpe en la cabeza contra una piedra. Ahora Silvestre estaba tumbado en el barro, en medio del bosque. Seguía lloviendo. Empezó a tener frío, la cabeza le daba vueltas y, además, le dolía tanto la pierna que no se podía levantar. No sabía qué hacer.

De repente notó un hocico frío. Algo lo estaba olfateando. Con la lluvia y el dolor de cabeza no veía bien quién era. Luego solo sintió cómo aquel animal lo agarraba por el anorak y lo arrastraba con cuidado hacia una cueva, a resguardo de la lluvia. Cuando Silvestre notó que ya no le llovía encima, se quedó dormido de puro agotamiento.

En cuanto despertó, la tormenta había pasado. Ya ni siquiera tenía tanto frío. Miró a su alrededor y lo entendió: encima de él y a su alrededor estaban tumbados los perros salvajes. Le daban calor con sus cuerpos y lo vigilaban. Silvestre nunca había visto una manada así. Sabía que en algún lugar del bosque vivían perros salvajes, pero nadie los había visto nunca.

—¡Gracias! Me habéis salvado —dijo, y los acarició con cariño. Entonces el más grande de todos se levantó y sostuvo a Silvestre. Se metió con suavidad por debajo de él, de forma que el niño apenas rozaba el suelo. Despacito, echó a andar con él hacia la ciudad. Los demás de la manada los siguieron.

Mientras tanto, los padres de Silvestre lo buscaban muy preocupados. Cuando ya estaban desesperados, vieron que del bosque se acercaba una manada de perros y que el más grande llevaba a su hijo a lomos. Los padres corrieron hacia los perros. Tomaron a Silvestre en brazos y lo abrazaron con lágrimas en los ojos. Los perros se quedaron quietos, esperando a ver qué pasaba. En ese momento Silvestre se volvió hacia ellos y gritó: —¡No tengáis miedo! ¡Venid aquí! —Cuando la manada se acercó, siguió diciendo—: Muchísimas gracias. Sin vosotros no lo habría conseguido. En cuanto me cure, vendré a veros. Os traeré las mejores golosinas para perros, y vosotros podéis venir a la ciudad cuando queráis. Aquí nadie os hará daño. Os lo prometo. —Acarició a cada perro y ellos, a cambio, le lamieron la cara.

En cuanto Silvestre se curó, cumplió su palabra. Iba a ver a sus salvadores y les llevaba montones de golosinas. Los perros lo aceptaron en su manada y cada día esperaban a su amigo humano en el borde del bosque.

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