La niña que no quería sonarse los mocos

Había una vez una niña que se llamaba Martina. Era una niña buena y muy formal, pero tenía una costumbre muy fea. No quería nunca sonarse los mocos con un pañuelo. En vez de eso, se limpiaba la nariz en las mangas. Cuando ya tenía las mangas mojadas, se limpiaba la nariz en los pantalones, en la faldita, en la camiseta; en fin, donde justo hubiera un sitio seco. 

Aquello preocupaba mucho a sus padres, pero no sabían qué hacer. Su mamá la obligaba a menudo a sonarse.

Cuento de buenas noches - La niña que no quería sonarse los mocos
La niña que no quería sonarse los mocos

«Martina, tienes que sonarte. ¡Pero si tienes la nariz atascada como una escopeta! Ven, vamos a sonarnos juntas», decía mamá, acercándose ya a Martina con un pañuelo. 

Martina siempre se ponía a chillar y no se sonaba ni una sola vez. 

Papá incluso intentó asustar a Martina: «Si no te suenas, ese catarro se te meterá en los oídos. Te dolerá muchísimo y tendrás que ir al hospital, donde te pincharán la oreja.»

Pero ni por esas Martina entró en razón.

La abuela tuvo una idea estupenda. Aunque todos intentaban convencerla de que no lo hiciera, diciendo que era una pena gastar dinero en eso, la abuela no cedió y enseguida se fue al pueblo a comprarle a su queridísima nieta unos pañuelitos preciosos con dibujos. Escogió los más bonitos y enseguida, con una sonrisa, se los enseñó a Martina.

«Mira, Martina, qué pañuelitos te he comprado. Estos son de princesas y estos, de animalitos.»

«Bonidos», farfulló Martina con la nariz tapada.

«Venga, ¿te suenas con un príncipe? ¿O con Cenicienta? ¿O con esta gatita?»

«No, no quiedo», contestó Martina secamente. 

En cuanto la abuela le acercó el pañuelo a la nariz, que por entonces estaba ya tan llena que casi rebosaba de mocos, Martina soltó un chillido ensordecedor. Tanto, que la abuela prefirió meterse en los oídos los pañuelitos de princesas para salvar los pocos restos de oído que le quedaban.

Los padres estaban muy apenados, porque ya ni siquiera podían ir de visita. Desde aquella vez, en el cumpleaños de la tía, cuando Martina se pasó todo el rato limpiándose la nariz en el mantel en plena comida familiar. No es de extrañar que a todos los invitados y a la tía se les revolviera el estómago. Los pobres padres les explicaban que ya no sabían qué hacer con la niña, pero para las siguientes celebraciones ya tenían prohibido ir con Martina. 

Llegó el día en que Martina tenía que empezar la escuela. Le pusieron un vestidito precioso, una bonita mochila y un estuche, y como justo estaba otra vez acatarrada, mamá le preparó también un pañuelito de encaje. Pero Martina lo tiró nada más salir de casa, se pasó bien la manga por debajo de la nariz y se fue a la escuela.

En la escuela escuchaba a la maestra. De vez en cuando se limpiaba la nariz con el estuche o en el cuaderno. La maestra se dio cuenta y se puso a explicar: «Seguro que ya sabéis, queridos niños, que entre los buenos hábitos está también usar el pañuelo. Cuando estamos acatarrados, nos sonamos en él y nos lo guardamos en el bolsillo. Y después nos lavaremos las manos para no ir contagiando microbios a nuestro alrededor.”

Justo entonces, Martina se estaba enrollando un moco en el lápiz. Eso ya fue demasiado para la maestra.

Martina, ¿no tienes un pañuelo?», preguntó con severidad.

Martina negó con la cabeza. La maestra cogió unos pañuelos de papel y se los dio a la niña.

«No lo quiero», replicó Markétka.

La maestra empezó a alzar la voz, diciendo que aquello no podía ser y que no tenía buenos modales. Y que le pondría una nota en la agenda escolar y quería ver a sus padres.

De camino a casa desde la escuela, Martina iba ya hecha un mar de mocos, con la nariz tan atascada que parecía a punto de estallar, y no tenía nada donde limpiársela. Entonces vio en la parada del autobús a un señor con un abrigo. Se acercó disimuladamente, agarró el borde de su abrigo y se sonó en él. El señor se dio cuenta y se volvió hacia ella. Tenía un aspecto realmente espantoso, como un brujo.

«¡Martina, qué traviesa eres! Si no aprendes a sonarte la nariz en tres días, se te llenará tanto que acabará por estallar», la amenazó aquel brujo.

Martina se asustó y salió corriendo a casa. Al día siguiente casi se olvidó de aquel señor, pero por la mañana, al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que se le había agrandado la nariz. Cuando volvió a mirarse por la noche, ya era tan grande como una naranja. 

Martina se echó a llorar. ¡Mañana será el tercer día! ¿Y si de verdad le estalla la nariz? Fue corriendo a buscar pañuelos y empezó a sonarse. Se sonó con uno, con otro y con un tercero. Su madre no salía de su asombro al ver qué le había dado a la niña para que, de repente, hubiera empezado a sonarse ella sola. 

—Mamita, se me han acabado los pañuelos —gimoteaba la niña.

—Toma, aquí quedan todavía estos que te trajo la abuela —dijo mientras le daba a Martina dos paquetitos de pañuelos.

Margarita se sonó con todos, hasta el último. De tanto sonarse, la nariz se le hizo más pequeña y volvió a ser como antes. Hasta se le pasó el resfriado. Margarita suspiró aliviada. Se había salvado. Menos mal que la abuela le había comprado aquellos pañuelos, porque, si no, la nariz le habría reventado. Se prometió no olvidarse de darle las gracias. 

Un mes después, la niña volvió a resfriarse y le entró otra vez la moquera. Pero cuando mamá se acercó con un pañuelo, Martina lo cogió sonriendo y se sonó la nariz estupendamente. Todos sintieron un alivio enorme. Martina también, porque descubrió que, cuando se sonaba, los mocos desaparecían mucho antes. Además, ya no tenía las mangas mojadas y frías de limpiarse la nariz con ellas, y en la escuela los niños empezaron a hacerse amigos de ella. Hasta la maestra sonreía. 

Por eso, queridos niños, cuando tengáis mocos, no os resistáis a sonaros en un pañuelo. También podría llenarse demasiado la nariz y explotar. Martina se salvó en el último instante. Seguro que no querrás acabar igual, o incluso peor.

¡Buenas noches!

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