
Cuentos para dormir
El elefantito Guido y la limpieza de los colmillos
El elefantito Guido odiaba limpiarse los colmillos. Le aburría muchísimo y le parecía una tontería. Por eso, cada noche, cuando sus padres lo mandaban al río a limpiárselos, iba, sí, pero en vez de limpiarse los colmillos se ponía a jugar con la trompa en la corriente del agua y con los pececitos. Se creía muy listo por haber engañado a sus padres y estaba encantado de poder jugar en lugar de pasarse aquellos cinco minutos tan largos limpiándose.
Pero un día empezó a dolerle un poquito el colmillo derecho. Al principio no le hizo mucho caso. Al fin y al cabo, Guido todavía era un elefantito. A cada rato se daba algún golpe o se hacía algún rasguño, así que casi siempre tenía alguna pupita. Por eso aquel dolorcillo de colmillo no le preocupó demasiado. Aun así, esa noche, cuando sus padres le volvieron a decir que se fuera a limpiar los colmillos, esta vez se limpió un poco la zona que le dolía, por si acaso, con un manojo de hierba y pasta de colmillos.
Pero ya era demasiado tarde. Esa noche, Guido se despertó con un dolor terrible. Le dolía tanto el colmillo que le costaba muchísimo no echarse a llorar. Y el dolor no se quedaba solo en el colmillo: se le extendió hasta la cabeza, que también le dolía un montón.
Guido no quería ir a ver a sus padres, porque sabía que se darían cuenta de que no se había limpiado los colmillos como debía. Así que intentó aguantar el dolor, con la esperanza de que se le pasara solo. Pero no se le pasó; al contrario, cada vez iba a peor.
Cuando empezó a amanecer, Guido ya no podía más. Con unos lagrimones enormes rodándole por las mejillas, fue a pedir ayuda a sus padres. Y, para su sorpresa, no le regañaron, como él se temía. Al contrario, intentaron calmarlo y lo llevaron al dentista de los elefantes. El dentista estuvo un rato mirándole el colmillo con un espejito de esos y luego le dijo a Guido que tenía una caries en el colmillo.
Con unos instrumentos especiales de dentista y de colmillista, que daban bastante miedo, le arregló el colmillo a Guido. Y Guido sintió alivio casi al instante: dejó de dolerle la cabeza y el colmillo ya casi ni lo notaba.
Antes de que se fuera, el dentista le regañó por no haberse limpiado nunca los colmillos. Le dijo que, si no empezaba a hacerlo, le seguirían saliendo caries como esa. Guido se tomó muy en serio sus palabras y, desde entonces, se limpió los colmillos todos los días, como es debido.
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