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El hormiguito Solito – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El hormiguito Solito

En medio de un bosque profundo hay una pequeña montañita de agujas de pino, ramitas y tierra. Y si la miras de cerca, parece que todo el montón se mueve. Es un hormiguero. Alrededor de esa montañita y por encima verás hormigas diminutas, trabajadoras y siempre desfilando hacia algún sitio. Las hormigas son como una gran familia. Se ayudan, trabajan juntas y lo hacen todo en equipo. Pero en este hormiguero no siempre fue así.

Hace unos años nació en el hormiguero un hormiguito que era algo distinto a los demás. Desde pequeño no quería hacer nada con los otros. Quería hacerlo todo a su manera. Cuando creció, hasta se construyó su propio hormiguero, al lado del grande que compartían todas. Como quería hacerlo todo solo, todos empezaron a llamarle Solito.

Sus amigos del hormiguero le decían a menudo: —Solito, vente a nuestro hormiguero, que te echamos de menos. Es agradable trabajar juntos y no estar solo. —Pero Solito siempre contestaba lo mismo: —Yo aquí estoy bien. Tengo mi hormiguero pequeño y todo lo sé hacer mejor que nadie yo solo. No os necesito. —Las demás hormigas, e incluso la reina, se ponían tristes. Hicieron todo lo posible para que Solito estuviera con ellas. Pero si no quería, no quería.

La reina de las hormigas era sabia y sospechaba que algún día llegaría el momento en que Solito agradecería tener amigos y ayuda. Y no tuvo que esperar mucho: a los pocos días… En el bosque se declaró un incendio. Bueno, no era un incendio muy grande. Para una persona habría sido un fueguecito pequeño, de una chispita diminuta, que ni siquiera se extendía. Pero para las hormigas era un incendio enorme. Porque ellas son chiquitinas.

Alrededor de su hormiguero empezó a arder todo. Las llamas salían hacia todos lados y las hormigas intentaron ponerse a salvo lo más rápido posible. Llevaban agua e intentaban apagar el fuego como podían. Cuando habían salvado todo lo posible y el fuego empezaba a apagarse, oyeron que alguien pedía ayuda. Era Solito, atrapado en su pequeño hormiguero solitario, justo al lado del grande de todas. Las hormigas no se lo pensaron: sacaron a su amigo y apagaron también su hormiguerito, medio derrumbado y todavía humeante.

Cuando se curaron unas a otras y ya se encontraban mejor, la reina decidió: —Muy bien, ahora hay que ponerse a trabajar. Tenemos que reparar el hormiguero. Todas os merecéis un aplauso por el rescate, pero ahora vamos a dejar nuestra casa en orden. —Todas se pusieron manos a la obra, menos Solito, que se quedó allí mirando a la reina y le contestó: —Pues yo no quiero. Quiero hacerme mi propio hormiguero, porque yo lo hago mejor que nadie.

Todas las hormigas se quedaron quietas, esperando a ver qué decía la reina. Ella lo miró con sabiduría y le dijo: —Solito, cada uno de nosotros sabe hacer algo mejor que nadie. Pero precisamente cuando unimos fuerzas y no somos egoístas, hacemos el mejor trabajo. Además, no olvides que, si no hubieras tenido amigos que se portaron tan bien contigo y arriesgaron la vida por salvarte, todo habría acabado muy mal. Quieres construirte tu hormiguero, dices que lo sabes hacer todo mejor que nadie, pero tú solo no fuiste capaz de salvarte.

Solito se puso colorado. Se dio cuenta de que la reina tenía razón. Bajó la cabeza, pidió perdón a todos y les dio las gracias por su ayuda. Desde entonces ya no es un hormiguito orgulloso ni egoísta. Usa todo lo que sabe hacer para mejorar el hormiguero de todos.

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