
Cuentos para dormir
El osito Antarín y la miel
Había una vez un osito llamado Antarín. Antarín era todavía un cachorrito de pelo espeso y alborotado, que no quería hacer otra cosa que holgazanear, jugar con los otros ositos y comer miel. Las dos primeras cosas se las dejaban pasar; al fin y al cabo, todavía era un cachorro. Pero lo de la miel era otra historia: sus papás le insistían en que comiera también pescado y fruta. Pero a Antarín no le gustaban nada; él quería comer solo miel y nada más.
Un día, harto ya de sus papás, decidió que no les iba a hacer caso y que comería lo que le diera la gana. Hacía como que se comía el pescado y la fruta, pero en realidad los tiraba y solo comía miel. Durante unos días le salió bien, hasta que una vez, mientras jugaba con sus amigos en la linde del bosque, le entró un dolor de barriga terrible. Empezó a retorcerse de dolor. Los otros ositos se asustaron, no sabían qué pasaba, así que corrieron a buscar a sus papás.
Pero Antarín seguía retorciéndose cerca de un camino del bosque por donde pasaba la gente que iba a buscar setas. Al poco rato, antes de que llegaran sus papás, pasaron por allí justo dos buscadores de setas. Vieron al pobre Antarín sufriendo, lo recogieron enseguida y lo llevaron al veterinario. Antarín tenía miedo, no sabía qué le iba a pasar, y lloriqueaba que quería volver con su mamá. El veterinario le puso una inyección para que se curara, pero Antarín estaba muy disgustado, porque la inyección le había dolido. Al rato se encontró mejor, aunque todavía no del todo bien. El veterinario, pensando qué más podía hacer por él, decidió que lo mejor sería darle algo de comer, y le acercó un cuenco lleno de fruta. Al principio Antarín arrugó el hocico, pero como llevaba allí mucho rato y ya no se encontraba tan mal, tenía bastante hambre. Así que se comió unos trocitos de fruta y… ¡anda! ¡En un momento se puso bien del todo!
El veterinario, contento de haber curado al osito, les pidió a los buscadores de setas que lo llevaran de vuelta al sitio donde lo habían encontrado. Ellos así lo hicieron, y Antarín volvió con sus papás. Y nunca más volvió a protestar por la fruta ni por el pescado.
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