
Cuentos en audio
El murciélago que tenía miedo
Cuando la oscuridad cubre todo el bosque y en el cielo aparecen la luna y las estrellas, llega la noche. Todos los animalitos del bosque se acurrucan en sus camas y madrigueras y se echan a dormir. Tienen que recuperar fuerzas para el día siguiente. Pero hay animales que empiezan a vivir de noche. De día duermen. Cuando se acerca el anochecer, se despiertan. Abren sus ojitos y empiezan su vida nocturna.
Viven en cuevas, duermen colgados cabeza abajo y saben volar. Siempre hay muchos juntos, uno al lado del otro. Cuando empieza a oscurecer, es la señal para despertarse y salir volando al bosque. Son los murciélagos. Aunque vuelan muy rápido y de noche, nunca chocan con nada y tampoco tienen miedo.
En una cueva vivía una vez un grupo de murciélagos así. Cada noche salían volando por el bosque y se pasaban la noche entera revoloteando por el aire. Iban zumbando y se lo pasaban en grande. Pero uno de ellos se quedaba en la cueva. Un murcielaguito pequeño que tenía mucho miedo. Le daba muchísimo miedo chocar con algo, perderse en la oscuridad y no saber volver. Así que prefería quedarse en la cueva, solito.
Su amigo murciélago lo despertaba siempre al anochecer y le decía: —Colega, levántate. Ya es de noche. Enseguida salimos. Ven con nosotros y no tengas miedo. Yo estaré contigo. No tienes por qué asustarte. Hacemos unos sonidos que solo oímos nosotros, y nos ayudan a no perdernos y a no chocar con nada. Pero el murcielaguito siempre le contestaba: —Pero yo no los oigo. No sé hacerlo y tengo miedo. Prefiero quedarme en casa. Se acurrucaba en un rincón y se ponía triste.
Pero un día pasó algo que por fin lo hizo salir de la cueva. Una noche, cuando todo el grupo había salido volando al bosque y el murcielaguito se había quedado en la cueva, le pareció oír algo. Un sonido muy raro. Escuchó con atención, pero no lo reconoció. Sin embargo, una vocecita dentro de él le decía que había pasado algo y que aquel sonido era para él. Se colocó en la entrada de la cueva y aguzó las orejas. Otra vez aquel sonido. Algo le seguía diciendo que tenía que averiguar qué era.
Reunió todo su valor e intentó volar hacia aquel sonido. El sonido lo llevó hasta un árbol grande del que colgaba una red enorme. En esa red estaban atrapados todos sus amigos. En el borde de la red estaba también su amigo, que lo llamaba: —¡Sabía que vendrías! Confiaba en ti. ¿Lo ves? Ya te dije que esos sonidos solo los hacemos nosotros y que te llevarían adonde necesitaras. Y ahora, deprisa. Tienes que sacarnos de aquí. Hemos caído todos en una trampa.
El murcielaguito voló alrededor de toda la red pensando cómo ayudarlos. Entonces se le ocurrió que las ardillas tienen los dientes muy afilados; las despertó y les pidió ayuda. Las ardillas no lo dudaron y corrieron a roer la red. En pocos minutos, los murciélagos estaban libres. Les dieron las gracias a las ardillas una y otra vez.
Y también estaban muy orgullosos de su murciélago más pequeño. Gracias a su valor, se habían salvado todos.
Desde entonces, el murcielaguito sale de viaje por las noches con su grupo y ya no se queda solo en la cueva. No tiene miedo y confía en su instinto.
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