
Cuentos para dormir
El osito Orejitas duerme solito
Había una vez un bosque muy espeso, y en él, en una osera grande y acogedora, vivía un osito pequeño que se llamaba Orejitas. Era un osito alegre y curioso, al que le encantaba descubrir el mundo a su alrededor y conocer el bosque. Miraba asombrado a los corzos que saltaban por el prado y a los conejitos que admiraban las flores de primavera mientras las orejas se les balanceaban de un lado a otro. Pero lo que más le gustaba era comerse las frambuesas dulces que crecían justo al lado de la osera. ¡Esas no las rechazaba nunca!
Pero cada noche, el osito Orejitas se dormía acurrucado entre mamá y papá, en la cama de ellos.
Sin embargo, el osito crecía y crecía cada día, y en la cama cada vez había menos sitio. Entonces papá oso decidió dar un gran paso. La osera era bastante grande, y Orejitas ya no era ningún bebé que tuviera que dormir pegadito a mamá. Así que sus papás le prepararon una camita preciosa, mullida con musgo calentito, una almohada blandita y una mantita llena de florecillas.
—Hoy vas a dormir en tu propia camita, Orejitas. Ya eres un oso mayor —sonrió mamá mientras le enseñaba su cama nueva. Al pequeño Orejitas la camita le hizo mucha ilusión. ¡Era grande y toda para él! Saltaba encima muy contento, colocaba sus juguetes favoritos sobre la almohada y canturreaba. Pero se le quitaron las ganas de reír enseguida, cuando se puso el pijama y mamá lo tapó. Fue entonces cuando el osito se dio cuenta de que iba a dormir solo de verdad. La luna iluminaba el cielo y detrás de la ventanita se movían las sombras de los árboles.
—¿De verdad que hoy voy a dormir solo? —le preguntó a mamá el osito, con vocecita tímida. Le había entrado miedo. ¡Nunca había dormido solo! —No tengas miedo, Orejitas, estamos aquí al lado, en nuestro cuarto —sonrió papá, y le dio un beso en la frente. Mamá le cantó una nana cortita y entornó la puerta de su cuarto. El osito se tapó con el edredón hasta los ojos y miraba con cuidado por debajo. Tenía miedo. Primero miraba la puerta, detrás de la que todavía oía a mamá y a papá, y luego la ventanita, detrás de la que se movían unas sombras muy raras. ¡Y en algún sitio, al otro lado de la ventana, crujieron las hojas y algo hizo crac!
—Ya soy un oso mayor, y mamá y papá están aquí al lado —se dijo bajito, pero muy valiente, el osito, y se abrazó fuerte al edredón. Con los ruidos del bosque de noche y las voces suaves de mamá y papá, se le fueron cerrando los ojitos poquito a poco, hasta que se quedó dormido y se fue flotando al país de los sueños. Y cuando quiso darse cuenta, el osito Orejitas vio que ya era de día. Los rayos del sol le hacían cosquillas en la cara y él saltó de la camita muy contento.
—¡He dormido solito! —gritó feliz, y daba saltos de alegría en la cama. Luego fue a desayunar, y allí lo esperaban ¡sus tortitas de frambuesa favoritas!
—Son tu premio por haber dormido solito —le dijo mamá con una sonrisa. —Es que el osito Orejitas ya es un oso mayor —dijo papá muy orgulloso, y le guiñó un ojo. El osito sonrió muy ufano y se puso a comer su desayuno dulcísimo.
Desde aquella noche, el osito supo que ser valiente no quiere decir no tener miedo. Él también había tenido miedo al principio, y lo que más quería era dormir con mamá y papá, pero comprendió que no era tan terrible y que tener tu propia camita, en realidad, es estupendo. Y así, la noche siguiente el osito Orejitas volvió a dormir solo y tranquilito en su camita nueva, como un oso mayor… ¡y cada noche tenía un poquito menos de miedo!
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