
Cuentos para dormir
El pequeño gran héroe Jaimito
Queridos niños, seguro que os acordáis del pequeño Jaimito, que soñaba con ser un gran policía como su papá. Un día, Jaimito estaba jugando junto al lago con su mejor amigo, Miguel, y con Rex, el perrito de Miguel.
Su mamá los vigilaba desde la ventana de la casa, que estaba muy cerca. Mientras los niños jugaban a policías y ladrones, el pequeño Rex se asustó tanto que se soltó de Miguel y ¡cayó directo al lago! Y como le faltaba una patita, nadar le costaba muchísimo. Hoy vamos a saber si los niños consiguieron salvar a Rex y cómo acabó todo.
Jaimito vio cómo Rex chapoteaba en el agua y luchaba por no hundirse. ¡Si solo era un cachorrito! Miguel corrió hacia la mamá de Jaimito gritando que llamara a los bomberos o a la policía. Y ella llamó. Pero Jaimito se sentía fatal. ¿Y si los bomberos o los policías no llegaban a tiempo? Sería culpa suya. No tendría que haber asustado a Miguel en el juego; así Rex no se habría espantado ni habría acabado en el agua fría y profunda del lago. Jaimito reunió todo el valor que tenía dentro y, como nadaba muy bien, no se lo pensó dos veces y se tiró al lago detrás de Rex. El agua estaba bastante fría, pero a Jaimito le dio igual. Justo entonces llegaron corriendo al lago su mamá y Miguel, que había ido a avisarla.
—¡Jaime, vuelve, que ya viene la ayuda! —le gritaba su mamá, muerta de miedo. Pero el niño siguió nadando hacia el perrito. Lo hacía muy bien. Abrazó a Rex y, como un auténtico héroe, nadó con él hasta la orilla. Su mamá lo ayudó a salir del agua y lo envolvió en una manta, a él y a Rex. Y justo en ese momento llegaron los bomberos y dos policías. Uno de ellos era el papá de Jaimito.
—Ya nnno hace fffalta, lo he sssalvado yo —decía Jaimito, castañeteando los dientes de frío, mientras les contaba lo que había pasado a su papá, al otro policía y a los bomberos.
—¡Eres todo un héroe! Aunque deberías habernos esperado, ¿eh? —le dijeron los bomberos, y le dieron unas palmaditas en el hombro. El niño sonrió con timidez. «Al menos han servido de algo todas esas clases de natación», pensó Jaimito.
—¡Algún día serás un gran bombero o un gran policía! ¡No dudaste en ayudar al perrito, aunque era peligroso! —le dijo su papá, y le dio un abrazo muy fuerte. Pero su mamá le advirtió: —Tienes que tener cuidado, todavía eres pequeño y podía haberte pasado cualquier cosa. Jaimito asintió. Aun así, estaba orgulloso de sí mismo, aunque tiritaba de frío. Se alegraba de haber ayudado al pequeño Rex, y Miguel estaba feliz de que su valiente amigo lo hubiera conseguido y de que su perrito estuviera bien.
—¡Por tu valentía, te mereces un pequeño premio! —dijo uno de los bomberos, y le dio su casco rojo. Y su papá le regaló su silbato de policía. ¡Guau! ¡Un silbato de policía de verdad y un casco de bombero! Jaimito estaba encantado con sus regalos, pero el mejor premio de todos fue la cara de felicidad de Miguel y los ladridos alegres de Rex, que por suerte estaba perfectamente. Jaimito se alegraba muchísimo de que todo hubiera salido bien, y su mamá, de que a su niño no le hubiera pasado nada malo.
Pero lo que más feliz hacía a Jaimito era haber salvado al perrito de Miguel y que los bomberos y los policías de verdad lo felicitaran. Sabía que seguiría persiguiendo su sueño y que ayudaría a todo el que pudiera. Y, por supuesto, haría caso a sus papás, para no meterse en ningún peligro.
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