
Cuentos para dormir
El sueño de la princesa Aurora se hace realidad
Niños, seguro que os acordáis de la preciosa princesa Aurora, que vivía en un castillo con su padre, el poderoso y orgulloso rey Respingón. Pero la princesa veía también lo bueno que había en su padre y deseaba muchísimo abrir su corazón helado. Sabía que tenía que cambiar las cosas; no quería que en el castillo todos le tuvieran miedo.
Una noche gris, llena de gotas gordas que caían sobre el castillo, la princesita Aurora tuvo un sueño muy extraño. En el sueño apareció en un prado de colores, donde se encontró con un hada mágica que la llevó hasta su mamá, la reina, que había muerto hacía muchos años. Y en aquel sueño mágico, la reina le dio a su hijita Aurora un consejo muy valioso para abrir el corazón frío de su padre.
Después de aquel sueño en el que su mamá le dio el consejo, la princesa sabía lo que tenía que hacer. Su mamá, la reina, le había dicho que le preparara a su padre una infusión de la manzanilla que florece en el jardín real. Porque esa era la infusión que su esposa, la reina, le preparaba siempre.
Aurora, la del pelo de oro, llena de esperanza por el sueño de aquella noche, saltó de la cama, se puso un precioso vestidito amarillo de princesa y se fue al jardín real. Paseaba por el jardín cantando alegremente. Estaba segura de que su mamá tenía razón y de que iba a salir bien. Y allí, detrás de un precioso rosal en flor, se escondía la manzanilla.
La princesa Aurora se agachó con cuidado, recogió las florecillas blancas y las puso en una cestita de mimbre. Después fue a la cocina del castillo y puso agua a calentar. Echó las florecillas en el agua hirviendo de la olla y esperó a que la infusión estuviera lista. Luego la sirvió en una taza de porcelana muy adornada y se fue a los aposentos de su padre.
Mientras caminaba por los pasillos del castillo, le temblaban las manos. «Saldrá bien, tiene que salir bien», se decía la princesa, nerviosa. Al otro lado de las ventanas, los pajaritos cantaban alegres y la animaban en su camino hacia la habitación del rey. La princesa llamó a la puerta de su padre con suavidad.
—¿Sí? —murmuró el rey por lo bajo. Aurora agarró el picaporte y entró despacito en la gran habitación. Su padre seguía en la cama, porque todavía era muy temprano. —Te he traído una infusión, papá —dijo la princesa con timidez, y le dio la manzanilla. El rey esbozó una sonrisa débil, tomó la taza de porcelana, de la que todavía salía vapor caliente… y bebió despacio. Entonces el rey se echó a llorar. Pero no lloraba de tristeza. Lloraba de alegría. De repente, el rey se quedó sin palabras.
—¿Qué te pasa? —le preguntó la princesa, de pie junto a la cama. —Es la mejor infusión que he tomado nunca. Me ha recordado una época muy bonita de mi vida —dijo el rey. Se levantó y, después de muchos años, abrazó a su hija con todo su cariño. Y el sueño de la princesa se hizo realidad. Su mamá tenía razón. Un solo sorbo de infusión había abierto el corazón frío del rey, que había estado cerrado tanto tiempo.
Desde aquella mañana, el rey cambió de verdad. Empezó a valorar y a respetar a la gente, y se olvidó de su orgullo. Valoraba mucho a su hija, la princesa Aurora, y cada mañana paseaban juntos por el jardín real, recordando los momentos bonitos que habían vivido con la reina. Aurora por fin era feliz y estaba agradecida por aquel sueño, porque fue ese sueño el que le abrió la puerta al corazón de su padre.
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