
Cuentos para dormir
El tesoro al final del arcoíris
Érase una vez un muchacho muy mañoso y trabajador. Se llamaba Jorgito. Vivía en una granja con su madre y sus siete hermanos. Una tarde volvía del campo. No estaba de muy buen humor. Le preocupaba cómo iba a sacar adelante a la familia.
Su padre había muerto hacía mucho, y él, como era el mayor, tenía que ocuparse de toda la granja. Monedas de oro había pocas, y bocas que alimentar en casa, muchas. Mientras Jorgito iba andando, vio a una ancianita junto al camino. Estaba sentada en el suelo y llevaba un haz de ramas atado a la espalda.
Ya no podía más, el camino la había agotado. Jorgito no lo dudó. Se cargó a la ancianita a la espalda y la llevó a su casa, con ramas y todo. La ancianita le dio las gracias. —Gracias, Jorgito, por ayudarme. Te voy a dar un consejo. Mañana saldrá el arcoíris. Al final del arcoíris encontrarás un tesoro. Tú ve y no tengas miedo.
Jorgito se puso muy contento. Encontraría un tesoro y sería rico. Y todas sus preocupaciones desaparecerían. Daría de comer a sus hermanos y hasta podría ahorrar algo. A la mañana siguiente salió de verdad el arcoíris. Jorgito no lo dudó y se puso en marcha. Anduvo y anduvo, hasta que al final del arcoíris encontró una casita solitaria. Entró y esperaba encontrar un cofre lleno de dinero, quizá incluso de oro. ¡Pero qué equivocado estaba!
En la casita había una muchacha. ¡Y qué muchacha tan bonita! ¡Jorgito se enamoró de ella nada más verla! Tan deprisa que hasta se olvidó del tesoro. No esperó ni un minuto: le pidió que se casara con él y quiso llevársela a casa. Se enteró de que era huérfana y vivía sola en la casita. No era rica, no tenía dinero ni oro. Pero era buena y trabajadora. Cuidaba con esmero de la casita y del campo.
La muchacha dijo que sí y juntos se pusieron en camino. En casa los recibió la madre. Al principio se llevó un chasco. Esperaba que su hijo mayor volviera a casa con un tesoro. Con dinero y con oro. Pero, al cabo de unos años, la madre de Jorgito tuvo que reconocerlo: —Tenías razón, hijo mío, aquel día sí que volviste a casa con un tesoro. Una buena esposa es el tesoro más valioso del mundo.
Cuentos clásicos Cuentos cortos




¿Qué te pareció el cuento?