
Cuentos para dormir
Emma y el hada de los perros
Había una vez una niña muy buena. Se llamaba Emma y le encantaban los animales. Y los animales también la querían a ella. Como todos los días, Emma quería sacar a su perrito Sunny para jugar juntos fuera, pero Sunny estaba tumbado en su camita y no tenía ningunas ganas de levantarse. Parecía triste. Cuando Emma le tocó con cuidado el hocico, notó que lo tenía caliente.
—Sunny, tienes fiebre. Estás malito —se asustó Emma—. ¿Cómo podría ayudarte para que te pongas bien?
Sunny la miró con sus tristes ojos de perro.
—Dice que tenemos que encontrar al hada de los perros —dijo una vocecita a su lado.
Emma se llevó un susto. ¿Quién hablaba? Si en la habitación estaba sola, solo con Sunny y con el conejito Elvin.
—¿Quién ha dicho eso?
—Pues yo —dijo el conejito, y dio un saltito hacia Emma.
—¿Cómo es posible que hables?
—Es cosa del hada de los perros. Ha mandado un hechizo para que pueda ayudarte a llegar hasta ella.
—¿Quién es el hada de los perros? ¿Y dónde la encuentro? ¿Por qué no viene ella?
—Madre mía, cuántas preguntas, por poco se me enrollan las orejas de conejo —se quejó Elvin, y se puso a contestar—: El hada de los perros es un hada buena que cuida de todos los perritos del mundo y procura que estén bien. Vive en una isla secreta en medio de un estanque muy grande, detrás de un bosque muy espeso y de un prado sin fin. Y no puede venir ella, porque no puede salir de su isla.
—Muy bien, Elvin, pues vamos —decidió Emma—. Espera aquí, Sunny, volveremos pronto con ayuda.
Emma le dio a Sunny un beso en la frente para despedirse, se vistió para una aventura al aire libre y salió disparada.
—Espera, espera, ¿vamos a ir andando? —la frenó Elvin.
—¿Y cómo quieres ir, con las patas de otro? Cada uno tiene solo las suyas, Elvin.
—Creo que no me has oído bien. El prado sin fin, ¿te acuerdas? ¿Sabes cuánto tiempo vamos a tardar? Se me van a gastar las patitas.
—Entonces le pediremos ayuda a un caballo.
Emma y Elvin fueron a las cuadras y eligieron el caballo más rápido. Emma montó de un salto en la silla, se sentó a Elvin en el regazo y puso al caballo al trote. Elvin le iba diciendo por dónde tenía que ir.
Pronto se extendió ante ellos el Prado Sin Fin. Se alargaba hasta el infinito, como una enorme alfombra verde.
—Agárrate, Elvin, que vamos a ir al galope —avisó Emma a su amigo, y espoleó al caballo.
El caballo echó a correr tan deprisa que el viento les azotaba la cara. Y pronto vieron que, al final del prado, empezaba un bosque muy espeso. Emma paró el caballo, se bajó y ayudó a bajar también a Elvin. Dejó al caballo pastando. El Prado Sin Fin también tenía trébol sin fin, y eso le dio al caballito una alegría sin fin.
—Gracias, caballito, espéranos aquí —dijo Emma, y entró en el bosque sin ningún miedo.
El bosque espeso estaba lleno de árboles, como suele pasar en los bosques. Y además, a cada paso estorbaban tocones, ramas caídas y zarzas que se enredaban en los pies.
—¡Ay, ay, ay, estoy atrapado! —gritaba Elvin cuando las zarzas lo enredaron.
—A ver, deja que te ayude.
Emma arrancó las zarzas y liberó a Elvin. Se arañó las manos, pero no le dio ninguna importancia. Dio otro paso y Elvin volvió a gimotear.
—¡Socorro! Me he quedado atascado debajo de una raíz.
—¿Y por qué te metes por debajo? —le regañó con cariño Emma, y le ayudó a salir.
—Creía que cabía.
—Así no podemos seguir. Si quieres venir conmigo, vas a tener que mover un poco el trasero.
—¿Así? —preguntó Elvin, y empezó a menear las caderas como una bailarina de danza del vientre.
Emma se echó a reír. —No, así no. Acuérdate de nuestra última competición. La de salto de conejos.
—¡Ahhh, ya! ¿Quieres que salte? ¡Eso se me da de maravilla! Pero aquí no hay vallas para saltar.
—Elvin, imagínate que cada raíz es un obstáculo, y cada tocón, y cada zarza. Yo correré delante de ti y también saltaré. Donde yo salte, saltas tú. Lo hemos practicado, ¿no?
—Venga, vamos allá, entrenadora —dijo Elvin, y se colocó con mucha atención en posición de salida, como si estuviera en una competición de salto de conejos.
Emma echó a correr y Elvin detrás. Saltaban con mucha gracia por encima de raíces, tocones y palos, esquivando árboles y piedras.
Sin aliento, llegaron al final del bosque. Delante de ellos se extendía un estanque enorme. A lo lejos, en medio del agua, Emma vio una islita cubierta de hierba. ¡Seguro que era la islita del hada de los perros!
—Aquí no hay barca —dijo Elvin, mirando a su alrededor.
—No pasa nada.
—A mí me da miedo el agua —lloriqueaba el conejito.
—A mí no. Nado muy bien y por Sunny cruzaría a nado cien estanques —dijo Emma muy decidida, y ya se estaba quitando la ropa.
—Seguro que está fría.
—Elvin, tú no tienes por qué mojarte. O me esperas aquí, o intentas encontrar algo en lo que puedas navegar.
Elvin volvió un momento dando saltitos hasta el borde del bosque. Al rato apareció arrastrando con todas sus fuerzas un trozo grande de corteza de árbol.
—¡Muy bien! Eso podría aguantarte —se alegró Emma.
Se tiró al agua. Estaba fresquita y agradable. «Menos mal que hace bueno y brilla el sol», pensó. Luego ayudó a Elvin a subirse a la corteza y los dos se pusieron en marcha. Emma nadaba y empujaba a Elvin delante de ella, en su corteza.
—Qué travesía tan agradable —decía Elvin.
—Bueno, eso depende de para quién.
—Tranquila, Emma, que ya casi estamos. Otra brazada, y otra, y otra más.
Llegaron a nado hasta la isla.
—¿Quién ha venido a visitar al hada de los perros? —se oyó una voz desde algún sitio entre la hierba alta, en cuanto Emma trepó a tierra firme.
—¡Aquí el capitán Elvin y la marinera Emma! —anunció el conejito a voz en grito.
—Venimos a pedirte ayuda, hada de los perros. Sunny está malito —gritó Emma.
—Claro, claro, os ayudaré con mucho gusto —se oyó.
La hierba crujió y de ella salió el hada de los perros. Parecía una niña con cabeza y cola de caniche. Llevaba un vestido rojo y en la mano sujetaba una varita mágica perruna.
—Hacía mucho tiempo que nadie demostraba tanto valor y tanto cariño por su perrito como tú, Emma. Por eso voy a hacer aparecer una medicina que curará a Sunny.
Entonces el hada agitó la varita mágica e hizo aparecer un huesito verde para perros. Se parecía a esas golosinas que venden en las tiendas de animales.
—Dáselo para que se lo coma y se pondrá bien —dijo el hada de los perros, se rascó detrás de su oreja de perro y movió la cola.
—Gracias, hada de los perros —contestó Emma. Tomó el hueso y emprendió con Elvin el camino de vuelta.
Cruzaron el estanque a nado, atravesaron el bosque a saltos y allí ya los esperaba el caballito. Volvieron a casa a toda prisa, donde los esperaba Sunny.
Seguía tumbado en su camita. Cuando vio a Emma y a Elvin, movió la colita.
—Toma, cómetelo. Te curará.
Emma le dio el huesito a Sunny. Sunny se lo comió. Emma lo acarició y se acurrucó a su lado en la camita. Había sido una aventura tan grande que ni se dio cuenta de que se había quedado dormida un ratito junto a Sunny.
La despertó la voz de papá.
—Emma, ven, vamos a salir con Sunny.
Sunny se levantó de un salto, muy contento, moviendo la cola, y de la enfermedad no quedaba ni rastro.
—Elvin, ¿lo ves? ¡Lo hemos conseguido! —se alegraba Emma, y corrió detrás de Sunny para salir a la calle.
—¿Elvin? ¿Vienes con nosotros?
El conejito iba dando saltitos detrás de ella. La miraba con sus ojitos tan dulces, como si la entendiera. Pero no decía nada.
—¿Ya no me hablas? —se volvió Emma hacia él, y de pronto se acordó—. Ah, claro, el hechizo del hada de los perros se ha acabado. Qué pena. Pero no importa, nosotros dos nos entendemos también sin palabras.
Emma le acarició la cabeza al conejito. Lo tomó en brazos, le preparó su arnés con correa y salieron juntos a la calle, en busca de otra aventura.
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