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Solito, la hormiguita que quería vivir solo – cuento para dormir

Cuentos para dormir

Solito, el hormiguito que quería vivir solo

Andrea N.11 de septiembre de 20265 min de lecturapara preescolar

En un bosque había un hormiguero gigante que medía nada menos que metro y medio de alto. A primera vista parecía muy tranquilo. Casi como si dentro no viviera nadie. Pero si os asomarais dentro, niños, veríais el ajetreo de todos los días de las hormigas trabajadoras. Por algo, cuando en un sitio hay mucho jaleo, mucho ruido y mucho trabajo, se dice que aquello parece un hormiguero. Y así pasaban los días en el hormiguero, y cada uno tenía su tarea.

Todas las hormigas del hormiguero estaban muy atareadas, menos una. El hormiguito Solito llevaba un tiempo pasándose los días sin hacer nada. No tenía ganas de nada. Eso de trabajar sin parar todos los días no le gustaba nada. Es que era una cabeza más bajito que las demás hormigas de su edad, y le parecía que no podría hacer tantas cosas como ellas.

Un día se le metió en la cabeza que, en lugar de esforzarse para nada entre los demás, se iría a vivir solo. Cuando les contó su plan a sus amigos, se echaron a reír. —¿Una hormiga que vive sola? ¡Eso la naturaleza no lo ha visto nunca! —Pero Solito no se dejó convencer y un día se marchó de verdad. Con tanto ajetreo en el hormiguero, casi nadie se dio cuenta. —Por fin voy a librarme de todas las obligaciones —suspiró Solito al irse. Pero todavía no sabía la prueba tan grande que le esperaba.

No había pasado ni medio día cuando Solito empezó a tener hambre. Pero esta vez no podía ir al comedor de las hormigas a por algo de comer, como hacía antes. Tenía que buscarse algo en el bosque. Llegó la noche, y Solito no tenía ni casita. Tenía frío y también estaba un poquito triste. «¿Pero a quién se le ocurre irse del hormiguero?», pensaba. Luego se dijo que, seguramente, en el hormiguero nadie echaría de menos a un hormiguito tan pequeño como él, y decidió construirse una casita al día siguiente. Pero esa misma noche empezaron a buscarlo. La reina formó un grupo de exploradoras que debían encontrar a Solito y traerlo de vuelta a casa. Pero Solito había llegado bastante lejos para ser una hormiga tan pequeña, y no era fácil encontrarlo.

Pasaron unos días. Solito vivía en una casita sencilla de hojas y raíces. Pero la vida en soledad no le gustaba nada. Quizá porque la naturaleza pensó para las hormigas una vida en grupo, donde cada una tiene su tarea. Pero eso Solito no lo entendía. Hasta que un día oyó a dos niños hablando. Estaban jugando en el bosque con palos, redes y tarros, y hablaban del hormiguero grande y de que dentro de unos días lo iban a destrozar sin piedad.

Solito se asustó muchísimo. ¿Por qué iban a hacer eso? ¡Debían de ser unos niños muy malos! Sin perder ni un segundo, echó a correr por sus atajos de vuelta a casa para avisar a su familia. En el hormiguero se pusieron contentísimos de que Solito hubiera vuelto sano y salvo. Pero en cuanto oyeron la noticia de aquellos niños traviesos, tuvieron que tomar medidas. La reina de las hormigas declaró el nivel máximo de peligro. Todas las hormigas estaban en guardia, y hasta mandaron patrullas en todas direcciones. Tenían que encontrar a los niños antes de que hicieran destrozos en el hormiguero. Y de verdad, más o menos al tercer día del aviso, las hormigas oyeron un parloteo de niños. —¡Son ellos! —gritó Solito. Las hormigas no esperaron más: se subieron a los niños, que iban armados contra ellas con redes y palos, y empezaron a picarles en las piernas, sobre todo detrás de las rodillas. —¡Ay, ay! —gritaban los niños. Y cuando ya tenían demasiadas picaduras, se olvidaron de sus planes de destrozar el hormiguero y se fueron llorando a casa con su mamá.

Las hormigas estaban contentísimas de haber salvado su hormiguero, y todo gracias a Solito. Le gritaban cosas como: —¡Viva Solito, nuestro salvador! —Y Solito comprendió que también un hormiguito una cabeza más bajito puede hacer grandes cosas, y que no hace falta vivir solo, sino junto a las demás hormigas, porque la unión hace la fuerza. ¡Y justo así es como la naturaleza lo había pensado para las familias de hormigas!

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