
Cuentos para dormir
El lobo y el corderito
Hace mucho mucho tiempo, en un rebaño muy grande, vivía un corderito muy cabezota. Siempre estaba contento, porque hacía lo que le daba la gana. Como todavía era chiquitín y tan mono, enseguida le perdonaban cualquier trastada y nadie le duraba enfadado mucho rato.
Ni su mamá oveja, ni el pastorcillo, ni los perros pastores. Aunque, la verdad, al pastorcillo y a los perros los traía de cabeza, porque se escapaba del rebaño sin permiso y todos tenían que salir a buscarlo. Por mucho que le dijeran que lejos del rebaño corría peligro, el corderito iba a lo suyo: cuando se alejaba, encontraba la hierba más rica para comer y el agua más fresquita para beber. Y, como ya os he dicho, nadie conseguía estar enfadado con él mucho tiempo.
Un día, cuando el rebaño se mudó a un prado nuevo, el corderito se fue por su cuenta a curiosear por los alrededores. Al rato le entró una sed tremenda. Menos mal que cerca se oía el rumor de un arroyo. Fue hasta allí y bebió, y bebió, y bebió.
Pero de pronto retumbó una voz que daba miedo: «¿Cómo te atreves a beber de mi arroyo?»
«¿Qué? ¿Yo? Pero si solo he dado un sorbito», contestó el corderito, tan inocente.
«Serás descarado, mocoso… ¡Ahora vas a ver!», gruñó el lobo, y ya iba a saltar sobre él cuando se oyeron los ladridos de los perros pastores y el pastorcillo salió de entre los matorrales. El lobo puso pies en polvorosa y el corderito todavía bebió un buen trago antes de que el pastorcillo lo llevara de vuelta con el rebaño.
Pero el lobo no pensaba olvidarse del corderito. No iba a dejar que aquel mocoso descarado se librara sin castigo y, claro, además quería zampárselo. Así que decidió esperarlo escondido junto al arroyo. ¡Seguro que volvería!
Y no tuvo que esperar mucho. Pronto vio al corderito acercarse tan pancho al agua. El corderito miraba a un lado y a otro por si aparecía el lobo, pero aquel viejo peludo y gris tenía mucha experiencia y sabía esconderse muy bien. En cuanto el corderito agachó la cabeza para dar unos sorbos, el lobo ya lo tenía atrapado entre sus garras.
El corderito se puso a gritar: «¡Socorro, pastorcillo! ¡Socorro, perritos!». Pero nadie se había dado cuenta todavía de que el corderito travieso se había vuelto a escapar, así que nadie lo estaba buscando. Y el lobo lo apretaba cada vez más fuerte.
Menos mal que el corderito era muy listo. Le dio al lobo un buen topetazo en el hocico con su cabeza dura y el lobo, que no se lo esperaba, aflojó un momento las garras. Y ese momento le bastó al corderito: se escurrió de entre las patas del lobo y salió corriendo hacia el rebaño. Cuando el lobo quiso darse cuenta, el corderito ya había desaparecido.
Durante mucho tiempo, el lobo estuvo rondando el agua a ver si pillaba a algún corderito despistado. Pero se tuvo que quedar con las ganas. Al corderito aquel susto le bastó y empezó a portarse con más cabeza: ya no iba a beber solo si no había nadie vigilando. Mientras sea pequeño, está contento de tener a alguien que lo cuide y le dé consejos. Poco a poco irá aprendiendo de todo y, cuando sea un carnero grandote, sabrá apañárselas solito.
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