Hace mucho tiempo, en un gran rebaño, vivía un pequeño corderito testarudo. Siempre estaba contento, porque hacía lo que quería. Era todavía pequeñito y adorable, así que todos le perdonaban enseguida cualquier travesura y nadie se enfadaba con él por mucho tiempo.
Ni su mamá oveja, ni el pastorcillo ni los perros pastores. De hecho, al pastorcillo y a los perros les daba más quebraderos de cabeza, ya que se escapaba del rebaño sin permiso y todos tenían que ir a buscarlo. Por mucho que le advertían que fuera del rebaño no era seguro para él. Corderito lo sabía bien: cuando se alejaba del rebaño, encontraba la mejor hierba para comer y el agua más pura para beber. Y, como ya se ha dicho, nadie podía estar enfadado con él mucho tiempo.
Un día, cuando el rebaño se trasladó a un nuevo prado, el corderito salió por su cuenta a explorar los alrededores. Al cabo de un rato, sintió una sed enorme. Por suerte, oyó cerca el murmullo de un arroyo. Se acercó y bebió, y bebió.

Pero de repente, resonó una voz amenazadora: «¿Cómo te atreves a beber de mi arroyo?»
¿Cómo? ¿Yo? Pero si solo he bebido un poco», respondió inocentemente el corderito.
Pequeño y atrevido granuja, ya verás», se preparaba el lobo para lanzarse sobre él, cuando de repente se oyó el ladrido de los perros pastores y del matorral salió el pastorcillo. El lobo huyó rápidamente y el corderito bebió un poco más antes de que el pastorcillo lo llevara de nuevo al rebaño.
Pero al lobo no le apetecía olvidarse del corderito. No quería dejar que aquel pequeño atrevido se escapara sin castigo y, además, por supuesto también quería comérselo. Decidió esperar al corderito junto al arroyo. ¡Seguro que volvería!
Pronto, el merodear del lobo por el arroyo dio resultado. Vio al corderito acercarse al agua. Aunque el corderito miraba a su alrededor por si veía al lobo, aquel viejo peludo y gris era astuto y sabía cómo ocultarse. En cuanto el corderito agachó la cabeza para beber unos sorbos de agua, el lobo ya lo apresaba entre sus garras.
El corderito gritó: «¡Ayuda, pastorcillo! ¡Ayuda, perros!». Pero nadie se había dado cuenta aún de que el inquieto corderito había desaparecido otra vez. Y así, por el momento, nadie lo buscaba. Y el lobo apretaba al corderito cada vez con más fuerza.
Por suerte, el corderito era muy astuto. Le dio un cabezazo al lobo en el hocico con su dura cabeza; el lobo no se lo esperaba y, sorprendido, aflojó su presa por un instante. Ese instante le bastó al corderito. Rápidamente se zafó de las patas del lobo y corrió hacia el rebaño. Antes de que el lobo pudiera reaccionar, el corderito ya se había marchado.
Durante mucho tiempo, el lobo merodeó junto al agua, buscando a algún corderito solitario. Pero no le quedó más que soñarlo. Al carnero le bastó aquella amarga experiencia y empezó a comportarse con más prudencia. Ya no iba a beber agua sin estar bajo supervisión. Mientras es pequeño, se alegra de tener a alguien que lo cuide y le aconseje. Poco a poco irá aprendiendo todo y, cuando sea un carnero grande, sabrá arreglárselas solo.