
Cuentos para dormir
La pelota perdida
Eran vacaciones, fuera hacía un sol estupendo y Matías ya no sabía a qué jugar. Ese día había jugado a todo: con los cochecitos, con el lego, con la bici, a la rayuela, en el columpio, en el tobogán… ¡Ya ni se acordaba de todo! Le apetecía muchísimo jugar al memory con mamá, pero ella estaba haciendo la comida. Después jugaría con él, y Matías lo estaba deseando. Pero, mientras tanto, ¿qué podía hacer?
Menos mal que tenía a Fluffy, su amigo de cuatro patas, que siempre se apuntaba a cualquier juego. Matías cogió del césped la pelota favorita de Fluffy y la lanzó hacia el fondo del jardín. Fluffy meneó la cola y salió disparado a por ella. Se la devolvió todo contento para que se la volviera a tirar. Matías cogió impulso y la lanzó. Pero la pelota no cayó al césped. ¿Habría salido volando? Matías miró al cielo. Mmm, las pelotas no vuelan, no tienen alas. Entonces, ¿por qué no bajaba? Fluffy corría de un lado a otro sin entender nada, buscando dónde se había metido la pelota. Si hubiera caído al suelo, la habría encontrado con el hocico en un periquete.
—¡Busca, Fluffy, busca! —le decía Matías, pero el perrito no sabía qué hacer.
Así que Matías fue a echarle una mano. Fluffy olisqueaba alrededor de un cerezo muy alto. En una rama había un mirlo que se reía de ellos.
—Mirlo, eres un burlón —le regañó Matías—. Deja de reírte de nosotros y ayúdanos un poco. ¿Dónde ha ido a parar nuestra pelota?
—A ningún sitio, no ha volado a ningún sitio. Pero yo sí que me voy volando, ¡mira! —dijo el mirlo, y batiendo las alas se marchó.
—Pues mucho no nos ha ayudado —refunfuñó Matías.
—Yo os ayudo —se oyó una vocecita junto a la oreja de Matías.
—Mariposita, ¿has visto nuestra pelota?
—Sí, la he visto. Subió muy alto y se quedó en algún sitio entre las ramas —susurró la mariposa mientras revoloteaba hacia la copa—. Aquí está, pero se ha quedado enganchada entre las ramas. Yo soy muy poquita cosa para moverla.
Fluffy se puso de pie, a dos patas, debajo del árbol.
—Que no, Fluffy —le dijo Matías al perrito—. Ahí arriba no podemos subir ni tú ni yo. Tenemos que pedir ayuda a alguien que sepa trepar a los árboles y tenga fuerza para darle un empujón a la pelota.
Matías se quedó pensando un momento y entonces se acordó de que por allí solía pasar una ardilla que venía a por las avellanas del arbusto que había junto a la valla.
—Ardilla, ¿estás en casa? —gritó hacia el arbusto.
—¡Aquí estoy, Matías! ¿Qué te hace falta? —contestó la ardilla, asomando la cabecita entre las hojas.
—Ardilla, porfa, se nos ha quedado la pelota en el árbol. ¿Podrías darle un empujoncito para que caiga al suelo?
—¡Pues claro, Matías, si me lo pides con tanta educación! Un saltito por aquí, un brinco por allá, y en un momento estoy arriba.
Y en efecto, con unos cuantos saltos ágiles, la ardilla se plantó en el árbol y empujó la pelota, que cayó al suelo. Pero antes de que Fluffy llegara a cogerla, asomó un topo de su topera, agarró la pelota y desapareció bajo tierra muerto de risa. ¡Y encima les sacó la lengua!
—¡Será granuja! —se enfadó Matías—. ¡Devuélvenos la pelota!
Fluffy se puso a escarbar en la topera para pillar al topo. Matías le ayudaba y, con tanto entusiasmo, escarbaba con las manos desnudas. Pero mereció la pena: el topo se asustó, soltó la pelota y salió corriendo.
—¡Bieeen! ¡La pelota es nuestra! —gritaba Matías mientras bailaba con el perrito por el jardín. Entonces se dio cuenta de que mamá los estaba mirando: había salido a llamarlos para comer.
—¡Mamá, mamá, hemos ganado! ¡Fluffy y yo hemos recuperado la pelota!
—¡Anda, qué bien! —dijo mamá—. Pero ahora me va a tocar frotaros bien a los dos antes de dejaros sentar a la mesa.
Matías se miró la ropa. La tenía toda llena de tierra, igual que las manos, de tanto escarbar. Y el pelo de Fluffy estaba exactamente igual.
—Perdona, mamá, es que estábamos jugando —dijo Matías, agachando la cabeza.
—No pasa nada, cariños míos. Vosotros os laváis y la ropa se mete en la lavadora —dijo mamá sonriendo, y acarició a los dos trastos—. Lo importante es que lo habéis pasado en grande y que habéis ganado.
Cuando Matías se lavó y comió, ayudó a mamá a bañar a Fluffy y luego se pusieron a jugar al memory. Bueno, en realidad jugaban solo Matías y mamá, porque Fluffy estaba tan cansado que se había quedado dormido debajo de la mesa y roncaba como un tronco. Fue un día de vacaciones precioso de verdad.
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