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Cuento para dormir - La gran remolacha

Cuentos para dormir

La gran remolacha

Érase una vez un abuelo y una abuela. Tenían una casita y, al lado, un huertecito. Allí plantaban de todo, y cada vez que la cosecha salía buena se ponían contentísimos. Ese año ya lo habían recogido casi todo; solo les quedaba un bancal de remolachas.

Al caer la tarde, el abuelo fue a recogerlas y las iba echando al carro una detrás de otra. Hasta que llegó a la última y se quedó con la boca abierta. ¡Era enorme! Quiso arrancarla y tiró con todas sus fuerzas, pero la remolacha ni se movió. Así que llamó a la abuela para que le echara una mano. Ella agarró al abuelo por la cintura y tiraron los dos juntos. Pero ni así: la remolacha seguía clavada en la tierra como si estuviera atada con cadenas.

Entonces llamaron a su nieta Evita, que estaba pasando unos días con ellos. El abuelo tiró de la remolacha, la abuela del abuelo, la nieta de la abuela… y tiraron y tiraron, pero no hubo manera. Entonces llamaron también al perrito. El abuelo tiró de la remolacha, la abuela del abuelo, la nieta de la abuela y el perrito de la nieta. Tiraron y tiraron, pero nada. Así que llamaron a la gata. El abuelo tiró de la remolacha, la abuela del abuelo, la nieta de la abuela, el perrito de la nieta y la gata del perrito. Tiraron y tiraron, pero la remolacha no salía.

«Esta remolacha puede más que nosotros y ya no queda nadie que nos pueda ayudar», dijeron todos muy tristes.

«¡Todavía quedo yo!», se oyó una vocecita chillona desde el suelo. Estuvieron buscando un rato hasta que vieron a una ratoncita muy pequeña.

«Ay, ratoncita, tú poco nos vas a poder ayudar», dijeron todos.

«¿Y por qué no? ¡Venga, vamos a probar otra vez!», les animó la ratoncita, porque nadie se fiaba de ella. Era la más pequeña de todos, pero también la más decidida. Así que todos volvieron a agarrarse en fila. El abuelo tiró de la remolacha, la abuela del abuelo, la nieta de la abuela, el perrito de la nieta y la gata del perrito. La ratoncita se escupió deprisa en las patitas, se puso detrás de la gata y tiró con los demás gritando: «¡Aúpa!». ¡Y vaya si salió! La remolacha saltó de la tierra y todos cayeron unos encima de otros. ¡Qué alegría, por fin lo habían conseguido! Todavía sin aliento, se quedaron un rato revolcándose de risa alrededor del agujero que había dejado la remolacha. ¡Era tan grande que podrían haberse hecho una piscina!

Con aquella remolacha gigante, la abuela hizo cremas para untar, sopas, conservas y hasta bollos. Y la ratoncita también se llevó un buen plato de cosas ricas de remolacha, porque sin ella no la habrían sacado nunca de la tierra. Era la más pequeña de todos, pero ganas no le faltaban. Y muchas veces eso es lo que más cuenta.

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