Hace ya mucho tiempo vivía una costurera que era tan hábil con la aguja y el hilo como ninguna otra. Incluso se jactaba de que, en destrezas de costura, podría superar al propio diablo.
Pero precisamente ese tipo de palabras son las que los diablos escuchan muy bien. En el infierno afilan sus orejas sucias y peludas día y noche, y cuando alguien invoca al diablo, saben exactamente adónde ir para acechar a ese desgraciado. Así que uno de ellos se aventuró desde las profundidades del infierno hasta la superficie, para medir fuerzas con la valiente costurera.
Se acercó a ella y ya quería acordar las reglas de la competición. Sin embargo, la costurera intentó librarse de toda aquella diablura: «Señor del infierno, no sé quién le ha dicho eso, pero yo no tengo ningún interés en competir en costura.»
Muy bien te hemos oído en el infierno. Querías competir cosiendo con el diablo, así que ahora demuéstralo. Si pierdes, te llevaré al infierno», insistió el diablo.

No quedaba otra opción más que ponerse manos a la obra. Las reglas se fijaron rápidamente. Quien termine antes la camisa, gana.
Mientras se medía y se cortaba, el diablo no se quedaba atrás de la costurera en nada. Pero cuando llegó el momento de la aguja y el hilo, surgió un buen contratiempo. Eso, claro, no era ningún problema para la costurera, que pasó el hilo por el ojo de la aguja en un abrir y cerrar de ojos, cortó un trozo de hilo y le hizo un hatillo en la punta. Eso era para ella el pan de cada día. Y se puso a coser con destreza.
Cuando por fin el diablo consiguió pasar el hilo por aquel diminuto ojal, decidió ahorrar tiempo al siguiente enhebrado y ensartó directamente toda la bobina. Pero con eso solo consiguió meterse en un buen aprieto. Con cada puntada tenía que dar tres vueltas alrededor de las casas. Y antes de nada, olvidó hacer un hatillo, así que al principio corría alrededor de la casa completamente en vano, sin conseguir ni una sola puntada. Al final, él mismo acabó todo enredado en el hilo, junto con la casa.
¡Y la costurera ya tenía la camisa terminada! Suspiró aliviada por haber ganado y se prometió que nunca más volvería a presumir con tanto orgullo. Luego fue a ver la obra de su rival. Y entonces vio qué pícaro era el diablo: ¡no había cosido absolutamente nada!
El diablo se sonrojó y, avergonzado, se volvió al infierno. Y desde entonces, tuvo cuidado de no volver a meterse en ninguna competición con ninguna costurera. Sin embargo, su torpeza quedó mucho tiempo en la memoria de la gente del pueblo. En cuanto alguien no se desenvolvía bien en el trabajo, enseguida lo comparaban entre risas con el diablo, que tuvo que dar tres vueltas a la casa y, aun así, no consiguió dar ni una sola puntada.