Más allá de las montañas había un pequeño reino, donde gobernaba un rey sabio y vivía gente muy lista. Además de toda aquella gente lista, en el reino vivía también un pobre campesino con su mujer, que tenían un hijo al que llamaban Juan el Tonto. Para lo único que servía era para aplastar moscas con un matamoscas. No sabía hacer ninguna otra cosa.
Un día, el padre acabó harto de tanto darle al matamoscas. ¿Quién va a aguantar eso todo el día? Y por eso mandó a Juan por el mundo, para que entrara a servir en alguna casa y por lo menos se ganará algún dinero. A lo mejor allí aprende también algo nuevo y más útil que andar todo el día espantando moscas con el matamoscas.

Juan no tenía ninguna gana de irse de casa, pero su padre lo echó por la puerta y cerró con llave. El joven se pasó varias horas intentando abrir la puerta con el matamoscas, pero como no lo consiguió, no le quedó más remedio que ir en busca de alguien que lo quisiera para servir.
Juan iba de un lado a otro por el reino, pero no daba con un trabajo decente. Por extraño que parezca, nadie necesitaba a un cazador de moscas. Ya estaba a punto de darse por vencido, cuando de pronto apareció a su lado un hombre vestido con un hábito negro y una capa translúcida que parecía hecha de la seda más fina. Llevaba en la cabeza un sombrero puntiagudo, también negro, con dibujos de lunitas y estrellitas. Juan se dio cuenta que aquel hombre era un mago.
—Ven a trabajar para mí —le ofreció aquel hombre. «Soy un mago y tengo un palacio lleno de moscas que zumban por todas partes, se me suben encima y ya me tienen harto».
«Con mucho gusto, señor», aceptó Juan. «Eso es lo que mejor sé hacer».
Juan se puso muy contento por haber encontrado un trabajo tan estupendo y se fue con el mago a su palacio. Estaba tan entusiasmado que iba canturreando: «Está la mosquita en la pared, en la pared, en la pared…»
«Espero que no cantes mientras trabajas», gruñó el mago, mirando con qué podía taparse los oídos.
«No, ¿por qué lo pregunta, buen hombre?», se sorprendió Juan y dejó de cantar.
«Porque de pronto el zumbido me suena mejor que eso a lo que tú llamas cantar», dijo el mago.
Así que Juan, en vez de tararear, probó a zumbar. El mago no parecía muy contento. La verdad es que tenía pinta de que, de un momento a otro, iba a esconderse debajo de alguna roca. A lo largo del camino había tantos que hasta podía elegir.
«Por fin hemos llegado. Ya me dolían las piernas de tanto camino», suspiró aliviado el mago.
«Pero si estaba aquí al lado», protestó Juan.
«No estoy acostumbrado a andar tanta distancia», lo despachó el mago, señalando hacia delante.
«Ese es mi palacio».
«Es muy bonito», admitió Juan.
En el palacio del mago no paraba de zumbar por todas partes. Había moscas volando por todas partes. No se veía por ningún lado a ningún sirviente, cocinero ni a ninguna otra persona. Si no hubiera sido por aquel zumbido constante, allí habría habido un silencio sepulcral.
«Ponte a trabajar, Juan. En un día tienes que cazar al menos cien moscas. Pero ten cuidado, no debes matar a esa mosca de color plateado. Solo vuela por aquí de noche. Si la matas, te irá muy mal —ordenó el mago, y se marchó.
Juan se quedó pensativo. No le resultaba nada fácil, porque pensar no era precisamente lo suyo.
«¿Por qué hay tantas moscas aquí? ¿Y por qué iba a perdonarle la vida a una de ellas? Voy a acabar con todas de una vez, a ver si por fin se hace el silencio —decidió Juan; sacó el matamoscas y se pasó agitándolo hasta la noche. Cuando vio la mosca plateada, también le dio con el matamoscas, pero la mosca revoloteó y salió volando.
«Bribona», refunfuñó Juan, y siguió cazando.
Por la mañana apareció el mago arrastrándose y sujetándose la espalda.
«¡No has hecho caso de lo que te ordené!», regañó el mago. «Lo que más me gustaría sería transformarte en una oruga, de lo mucho que me duelen la espalda y la cabeza. Pero has cazado cien moscas. Así que te daré una oportunidad más. ¡Pero ni se te ocurra aplastar a esa mosca plateada!»
Juan se dio cuenta de que la mosca plateada era el mago disfrazado. Por eso no estaba acostumbrado a ir a pie, porque prefería transformarse en mosca y echarse a volar. Pero ¿por qué no duerme? ¿Adónde puede ir volando por la noche?
A la noche siguiente, Juan se quedó al acecho de la mosca plateada para ver adónde iba volando. La mosca plateada lo llevó hasta una torre altísima, a la que conducían exactamente cien escalones.
«Ahora ya entiendo por qué prefiere venir volando hasta aquí», jadeó Juan cuando iba más o menos por la mitad de la escalera.
Cuando llegó arriba, esperó a que la mosca se fuera volando. Y también tuvo que esperar a recuperar el resuello. Luego entró en la estancia de la torre.
Dentro estaba encerrada una hermosa princesa.
«¡Has venido a rescatarme!», soltó la muchacha, entusiasmada. «Un brujo malvado me tiene aquí encerrada y quiere que me case con él. A todos los que vinieron a rescatarme los convirtió en moscas. Pero tú sí que pareces un valiente guerrero. Qué espada tan extraña es esa que llevas en la mano».
«Es un matamoscas, princesa», dijo Juan orgulloso. «No tengáis miedo. Yo os salvaré. Sé cómo derrotar al mago. Pero tenemos que ir rápido al comedor. Antes de que amanezca».
Juan cogió a la princesa de la mano con la izquierda y en la derecha apretaba con fuerza el matamoscas. Corrió al comedor, donde estaba sentada una mosca plateada.
«¡Rápido, a por él, antes de que se transforme!» gritó Juan, y golpeó a la mosca con el matamoscas hasta dejarla completamente aplastada. El mago fue derrotado.
En ese momento, las moscas volvieron a convertirse en personas y le dieron las gracias a Juan por haberlas salvado.
Después, Juan llevó a la princesa ante el rey. El rey se puso muy contento de que su hija hubiera vuelto sana y salva. Por eso celebró una gran boda. Juan se casó con la princesa y, al cabo de un tiempo, se sentó en el trono como rey.
Mandó dibujar en el escudo del reino un matamoscas, que siguió usando en vez de cetro. Y así fue hasta que alguien inventó la cinta atrapamoscas. Pero eso de lo que hizo el tonto Juan con la cinta atrapamoscas ya lo cuenta otro cuento muy distinto.