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El niño y la pestaña del lobo que distingue el bien del mal – cuento infantil

Cuentos para dormir

El niño y la pestaña del lobo que distingue el bien del mal

Miachar G.3 de julio de 20264 min de lectura

En un pueblo vivía un niño. Era huérfano y lo cuidaban los vecinos del pueblo. No podía decir que perteneciera a ninguna familia. Más bien iba de un vecino a otro y dormía en su casa cuando se lo permitían.

El niño era pequeño y menudo, pero muy ágil. Por eso algunos vecinos se lo llevaban de caza, iba a por leña o perseguía a las gallinas que se les escapaban a los granjeros despistados.

No le quedaba otra, así que el niño hacía lo que le mandaban. A veces tenía que trabajar más de lo que le permitían sus fuerzas, y a cambio solo le daban una comida y un sitio para dormir. Un día, cuando estaba agotado y muerto de sueño, un vecino le ordenó que atrapara a un gallo que se había ido a recorrer mundo.

El niño sabía que el gallo se había escapado hacia el bosque, así que echó a correr tras él. No encontró al gallo, pero llegó hasta lo alto de una colina y allí… se encontró con un lobo blanco de largas pestañas plateadas.

—¿Por qué lloras? —le preguntó el lobo, porque al niño le caían lágrimas por las mejillas—. ¿Me tienes miedo?

—De usted no tengo miedo, señor lobo —contestó el niño con sinceridad—. Tengo miedo de la gente con la que vivo. Son malos y siempre me están gritando.

El lobo se sentó junto al niño en la colina.

—¿Y qué te gustaría?

—Conocer a gente buena.

—Entonces toma esto —dijo el lobo, y dejó caer una de sus pestañas plateadas—. Si miras a una persona a través de ella, verás si es buena o mala.

—¿Y cómo lo sabré? —preguntó el niño sorbiéndose la nariz, pero ya no lloraba.

—Si a su alrededor hay un brillo plateado, es buena. Si es oscuro, es mala. Y si es gris, no es ni del todo mala ni del todo buena. —El lobo le dio al niño un empujoncito con el hocico—. Y ahora vete. El gallo que buscas está allí, detrás de ese árbol.

El niño se levantó del musgo y quiso darle las gracias al lobo blanco, pero el lobo ya no estaba. Así que se guardó la pestaña en el bolsillo de los pantalones cortos, fue hasta el árbol, atrapó al gallo y, con el gallo bajo el brazo, volvió al pueblo.

Pero el dueño del gallo no estaba contento.

—¿Por qué has tardado tanto? ¡Largo de aquí! —gritó de una forma tan amenazadora que el niño se encogió.

El niño se asustó, salió corriendo y se escondió entre dos casas. Allí estuvo llorando hasta que se hizo de noche. Luego decidió buscar a alguna persona buena en cuya casa pudiera dormir.

Recorrió la calle principal del pueblo mirando a la gente a través de la pestaña plateada del lobo, buscando a alguien con el brillo adecuado. Pero la gente era gris, o no veía nada a su alrededor, así que debían de ser malos y negros como la noche.

El niño ya pensaba que no encontraría a nadie bueno, cuando una señora lo llamó.

—¿Qué buscas, pequeño?

La miró a través de la pestaña y vio un brillo plateado alrededor de aquella señora joven y sonriente.

—A alguien bueno en cuya casa pueda dormir esta noche —contestó—. A cambio puedo ayudarla con los animales, limpiar o…

—Pasa —dijo la señora, señalando la puerta de la casa—, antes de que empiece a llover. ¡Venga, rápido!

Le hizo caso y al ratito ya estaba calentito y a gusto. Allí no solo pudo dormir, sino también cenar, y ni siquiera tuvo que marcharse nada más amanecer. Porque había encontrado a una persona tan buena que lo dejó vivir con ella y lo cuidó.

El niño quería darle las gracias al lobo por la pestaña, pero aunque iba al bosque, nunca más volvió a verlo. Eso sí, la pestaña plateada se la quedó. Gracias a ella podía creer que en el mundo todavía hay gente buena.

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