
Cuentos para dormir
Felipe, el caballo que hablaba
Érase una vez un chico pobre. Aquel chico no tenía casa ni familia. Iba de aquí para allá por el mundo, comía lo que la gente le daba y dormía donde le dejaban quedarse bajo techo. Una vez cruzaba un campo en el que había un anciano con un caballo.
El caballo no le hacía caso y el anciano estaba enfadado. El chico vio que el caballo no le iba a ayudar a llevarse la leña que el anciano tenía preparada, así que se ofreció a llevársela él mismo.
El anciano se alegró y le prometió a cambio una bolsa llena de monedas. El chico acarreó toda la leña, pero cuando pidió su recompensa, el anciano confesó que no tenía dinero. El chico se enfadó, y entonces el anciano le dijo: —Llévate el caballo. Un caballo siempre viene bien. No tendrás que ir a pie, podrás ir montado, y si no lo quieres, pues lo vendes y ya está.
El chico vio que no le quedaba otra, así que aceptó. El anciano le dio las riendas y se marchó a toda prisa. El chico no podía quitarse de la cabeza que el anciano se había alegrado de librarse del caballo. Aun así, quiso darle una oportunidad. Pero cuando intentó montarse, el caballo no le dejó.
Lo tiraba de la silla una y otra vez. El chico se enfadó. Estaba lleno de polvo y, además, todo magullado. Caerse de un caballo no tiene ninguna gracia. El chico empezó a gritarle al caballo: —¡Pero qué caballo más tonto! ¿Para qué lo quiero? ¡Lo vendo ahora mismo! ¡Que haga con él lo que quiera quien sea! ¡A mí me da igual! —¡Hombre, eso sí que no! —dijo una voz. El chico miró a su alrededor, pero allí no había nadie más que el caballo.
—¡Me estoy volviendo loco! De verdad que oigo voces, y aquí no hay nadie. ¡Será que llevo demasiado tiempo solo! —No te estás volviendo loco. ¡Soy yo el que habla! —¿Quién es yo? —Pues yo. Tu caballo. Me llamo Felipe. —El chico no podía creer lo que oía. Y sin embargo era verdad. Tenía un caballo que hablaba. Poco a poco, el chico se dio cuenta de que lo mejor que le había pasado en la vida era que le hubieran dado aquel caballo. Bueno, a Felipe.
Por fin ya no estaba solo, tenía con quién charlar en sus viajes y, por el camino, alegraban también a otras personas. Porque un caballo que habla no se lo encuentra uno todos los días. Y el caballo, bueno, Felipe, a veces hasta le hacía caso al chico y a veces hasta le dejaba subirse a su lomo y dar un paseo. Pero solo muy, muy de vez en cuando.
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