Un trébol de cuatro hojas para la princesa

Érase una vez un reino. En él vivía un rey que tenía tres hijos: Víctor, Vladimír y Vito. Cuando los príncipes ya tuvieron edad suficiente para casarse, el rey mandó reunirlos a todos en el salón del trono.

«Queridos hijos: ya va siendo hora de que os busquéis esposa. Así que salid al mundo», dijo el rey.

Cuento de buenas noches - Un trébol de cuatro hojas para la princesa
Un trébol de cuatro hojas para la princesa

«Yo iré al reino donde tienen una princesa que cocina de maravilla», dijo Víctor mientras se atiborraba de bollos.

«Yo iré adonde tienen una princesa que canta nanas preciosas», anunció Vladimír, y bostezó de tal manera que casi se traga al rey con trono y todo.

«Yo quiero una princesa encantada, para poder rescatarla», declaró Vito.

Los otros hermanos se daban golpecitos en la frente. ¿Para qué salvar a una, si ya hay un montón por ahí sin molestarse? ¿Es que Vito quiere hacerse el héroe? Ni siquiera al rey le gustó aquello. Un heroísmo así es muy peligroso.

Pero los príncipes ya habían tomado su decisión. Al día siguiente, los tres emprendieron la marcha. En una encrucijada se separaron; cada uno siguió por un camino distinto. Y no tardaron en perderse.

No habían pasado ni unas horas cuando a Víctor le entró hambre. Ya se había comido todos los bollos que se había llevado para el camino, pero le entraron ganas de comerse un buen asado. Se paró ante la posada, le quitó al caballo las migas de bollo de la cabeza y de la crin, y lo llevó al establo. No veía el momento de pedir pollo asado y ponerse las botas.

«¡Posadera, tráeme comida! Un huésped especial tiene hambre», voceaba el príncipe.

Al poco rato, ya tenía delante un pollo. Pero cuando quiso probarlo, vio que estaba muy blando y que no había manera de darle ni un bocado. Así que se pidió unas gachas. Sabían como si alguien las hubiera batido con unos calcetines. Así que lo intentó por tercera vez y pidió pan. Total, eso no podía salir mal. Pero el pan que le trajeron estaba tan duro que podría haberlo usado como arma en una pelea.

«¿Qué clase de comida asquerosa es esta? ¿Y a esto lo llamáis posada?» se enfadó Víctor.

«Perdonad, príncipe. Pero desde que nuestra princesa está hechizada, no nos sale bien absolutamente nada en todo el reino», explicó la posadera.

«¿Y esa princesa cocina bien?», preguntó Víctor con interés.

«Tiene a las mejores cocineras de la corte».

«Bueno, está bien… Dime, posadera, ¿dónde encontraré a esa princesa y a sus cocineras?»

«Allá, en el castillo, rodeado de verdes praderas de trébol hasta donde alcanza la vista».

El príncipe Víctor se puso en camino. Llegó en un abrir y cerrar de ojos. En el castillo lo recibieron los sirvientes.

«He venido a pedir la mano de vuestra princesa y de sus cocineras», dijo el príncipe Víctor.

«Nuestra princesa está hechizada y no puede salir de las verdes praderas», dijo la cocinera mayor. Pero si logras traerle antes de mañana al amanecer un trébol de cuatro hojas de sus prados, podrá convertirse en tu esposa».

El príncipe Víctor se fue a los prados. Por todas partes crecían tréboles de tres hojas. De uno de cuatro, ni rastro. Al caer la tarde, el príncipe ya andaba a cuatro patas, contando hojas, pero cada plantita tenía solo tres. Luego cayó la noche, así que Víctor no veía ni la punta de su nariz. Y además le entró hambre. Así que arrancó flores de trébol y pidió que le prepararan tortitas de trébol.

En cuanto amaneció, el príncipe Víctor salió corriendo al prado, cogió dos tréboles de tres hojas y echó a correr hacia el abetal. Allí le arrancó una hoja a uno de los tréboles y, con resina de abeto, se la pegó al primero. ¡Ahora sí que es un trébol de cuatro hojas! Con aquel invento echó a correr hacia la princesa. Ella estaba sentada en el trono.

«Aquí tenéis, Alteza, un trébol de cuatro hojas para vos», se jactó Víctor. «Y yo me comería algo».

La princesa se quedó muy seria.

«Eso no es un trébol de cuatro hojas. No es más que un pegote», dijo mientras le cogía la florecilla al príncipe. «¡Y ni siquiera se puede despegar de los dedos! Por intentar engañarme, ayudarás en la cocina como criado. De este castillo ya no podrás salir».

Y así fue como el príncipe Víctor se quedó sirviendo en la cocina del reino encantado.

Pero el rescate se acercaba a paso de caracol. El príncipe Vladimír durmió a pierna suelta y, cuando por fin dejó de vagar por el bosque, llegó a la posada.

«¿Tienen edredones mullidos? Estoy rendido», bostezó Vladimír en vez de saludar.

«Claro que sí, allí tiene un cuartito», dijo la posadera, y llevó a Vladimír a sus habitaciones.

Vladimír se tiró enseguida en la cama, entre los edredones mullidos.

«¡Ay! ¿A esto lo llaman una cama mullida? ¡Me he dado un buen golpe en el trasero!», se enfadó el príncipe Vladimír.

«Perdone, príncipe, pero desde que nuestra princesa está hechizada, en el reino no sale bien nada de nada. Ni siquiera ahuecar las almohadas», explicó la posadera, y le trajo al príncipe una compresa helada para el trasero.

Pero como en el reino no salía bien nada, la compresa enseguida se quedó templada y ya no enfriaba.

«¿Sabe su princesa cantar nanas?», preguntó con interés el príncipe Vladimír.

«Claro que sí, hasta tiene una cantante personal que la adormece todas las noches».

Y así, el príncipe Vladimír hizo que le explicaran el camino, se llevó una almohada y llegó al castillo dormido. Tuvo la suerte de no caerse del caballo, porque dormirse sobre un caballo no es precisamente la mejor idea.

En el castillo dieron la bienvenida al príncipe Vladimír y le enseñaron el prado. Si para la mañana encontraba allí un trébol de cuatro hojas para la princesa, tanto él como su hermano podrían marcharse y además podría casarse con la princesa.

Vladimír fue de un lado a otro por el prado, se arrastró entre los tréboles de tres hojas, pero no encontró ni un solo trébol de cuatro hojas. Cuando cayó la noche, estaba cansado y prefirió irse a dormir. Al amanecer, salió medio dormido de la cama, cogió dos tréboles de tres hojas y, a paso de perezoso, se apresuró hacia la princesa.

«Esto no es un trébol de cuatro hojas», refunfuñó la princesa.

«Es uno de seis hojas. Es mucho más raro», dijo Vladimír. «Y ahora por fin me gustaría dormir bien».

«Por este engaño, te quedarás aquí. Aprenderás a tocar el violín y acompañarás a mi cantante de la corte cuando cante nanas».

Y así Vladimír se quedó en el castillo encantado.

Pero el rescate estaba cada vez más cerca. Y mucho más rápido de lo que todos pensaban.

El príncipe Vito también llegó a la posada. Ya era muy tarde por la noche.

«He oído que aquí tenéis una princesa encantada. ¿Cómo llego hasta ella?», voceaba tan fuerte que despertó a la posadera y a todos los huéspedes. La posadera se asustó, pensando que los habían asaltado unos ladrones. Cuando vio al príncipe, meneó la cabeza, enfadada.

«Deja ya de gritar como si estuvieras en medio del bosque y ve hacia aquel castillo junto a los prados de trébol», gruñó la posadera, y se volvió a dormir.

El príncipe Vito fue al castillo. Llegó allí ya por la mañana. Le dieron la bienvenida y a él también le encargaron encontrarle a la princesa un trébol de cuatro hojas. Si no, no liberará ni a la princesa ni a sus dos hermanos.

Vito estuvo buscando todo el día. Ya le dolían los ojos, pero por todas partes solo encontraba tréboles de tres hojas. Luego cayó la noche. Todo quedó a oscuras. Aunque Vito andaba a cuatro patas, no veía nada.

«Así no puedo saber cuántas hojas tienen estas plantas», se lamentó, mirando a su alrededor por si encontraba alguna luz. Entonces vio algo que brillaba entre los manzanos.

«¡Oh, luciérnagas! Queridas luciérnagas, por favor, ¿podríais alumbrarme para que encuentre un trébol de cuatro hojas?», les pidió.

«Claro que sí, Vito. Has tenido suerte de encontrarnos. Porque aquí solo hay un único trébol de cuatro hojas.» —Y nosotras sabemos dónde está —decían las luciérnagas, y llevaron a Vito hasta el centro de los grandes prados.

Le alumbraron el suelo. ¡Y de verdad! Allí crecía un trébol de cuatro hojas. El príncipe Vito lo arrancó y, en aquel mismo instante, en lugar del trébol de cuatro hojas apareció sentada en el suelo una princesa.

—¡Príncipe Vito, me has liberado! —se alegró la princesa y se le echó al cuello.

Por la mañana, todo el reino estaba de fiesta. Y no era para menos. A la gente volvió a salirle bien todo el trabajo, y el hechizo se rompió. La princesa ya no estaba encantada y se preparaba para la boda con el príncipe Vito.

Y además se preparaban otras dos bodas. ¿Dónde está escrito que un príncipe tenga que casarse, por fuerza, con una princesa? El príncipe Vladimír se enamoró de la cantante de la corte mientras cantaba nanas. Y el príncipe Víctor le pidió la mano a la jefa de cocina.

Y así fue como todo acabó bien.

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