Había una vez un niño llamado Daniel. Lo que más le gustaba en el mundo era columpiarse. Siempre que iba al parque con mamá o papá, corría a subirse al columpio. Podía estar columpiándose durante horas y horas, y mamá y papá siempre tenían que convencerlo para que se volviera a casa.
—Daniel, ya hace frío. Ven, no vaya a ser que te resfríes —le rogaba mamá.

—Solo un poquito más —decía Daniel, y se impulsaba hacia lo más alto.
«Daniel, ya ha pasado un rato. Además, está anocheciendo. Es tarde», le explicaba papá.
«Todavía no me quiero ir», gimoteaba Daniel.
Mamá le ofrecía que, si se iba a casa enseguida, le prepararía las gachas de sémola que tanto le gustaban. Pero no hubo manera. Papá le prometía un cochecito nuevo si se iba a casa enseguida. Eso sí logró captar la atención del pequeño. Daniel, muy señorito, por fin se paró y se dejó llevar a casa.
Y así pasaba día tras día. Las súplicas y los sobornos iban cada vez a más, y los padres ya no sabían qué hacer para despegar al niño del columpio. Por eso decidieron que ya no irían a ningún sitio donde hubiera columpios.
Y funcionó. Sin columpios, no había problema. Pero se olvidaron de decírselo a la abuela, con la que Daniel pasó el fin de semana.
La abuela decidió llevar al niño a una función infantil en un teatro, después tomarían un pastel en la confitería y, si les sobraba tiempo, le enseñaría a Daniel el parque infantil nuevo que habían construido allí hacía poco. Seguro que le hará ilusión.
Y a Daniel le hizo ilusión. Del teatrillo, de la coronita, pero lo que más ilusión le hizo fue el parque nuevo. O mejor dicho, los columpios. No le interesaban ni los columpios para trepar ni el tiovivo; fue derecho a columpiarse.
Al principio parecía que todo iba bien. Daniel se columpiaba, se reía y la abuela lo miraba encantada. Pero entonces llegó la hora de ir a coger el autobús.
«Daniel, tenemos que irnos», dijo la abuela.
«Yo no me voy a ninguna parte, yo quiero columpiarme», contestó Daniel.
«Danielito, si no, se nos escapará el autobús y tendremos que ir andando».
«No me voy a ninguna parte. ¡De este columpio no me bajo nunca jamás!».
La abuela intentó asustar a Daniel, pero Daniel lo único que hizo fue sacarle la lengua. Eso enfadó mucho a la abuela, que llamó a los padres de Daniel para que la ayudaran. Pero tampoco ellos lo consiguieron, pues no lograron bajar a Daniel del columpio.
Cayó la noche y Daniel seguía columpiándose tan contento. El niño tenía un poco de hambre, se le estaban quedando frías las manos, pero no quería bajarse.
Los padres y la abuela se quedaron pensando qué podían hacer. Mamá proponía que esperaran, que Daniel seguro entraría en razón y se bajaría él solo. Papá proponía tirar al niño del columpio, pero mamá y la abuela se lo prohibieron tajantemente. Así que propuso cortar las cadenas de las que colgaba el columpio. Pero a mamá y a la abuela tampoco les gustó aquella idea, porque Daniel se caería y aún podría hacerse daño. Seguro que pronto le entrará hambre.
«Tengo ganas de hacer pis», decía Daniel, pero seguía columpiándose.
Los padres se alegraron. ¡Así que al final sí se bajará!
«En cuanto se baje», le susurró la abuela a papá, «te sentarás en el columpio para que no pueda volver a subirse».
«Venga, ven a hacer pis, y luego puedes seguir columpiándote», le proponía mamá con dulzura.
A Daniel aquello le pareció sospechoso. Negó con la cabeza y siguió columpiándose.
Papá se puso furioso, refunfuñó, pataleó, resopló y amenazó con toda clase de castigos posibles e imposibles, hasta que se cansó y se fue a casa. Al final, mamá y la abuela también se fueron.
Papá no volvió hasta la mañana siguiente. Por la noche heló bastante, e incluso cayó un poco de nieve. Cuando llegó al columpio, ya no se movía. ¡Sentado en él había un muñeco de nieve!
Papá dio un salto, le quitó la nieve de encima al muñeco y, aunque parezca mentira, no era un muñeco de nieve, sino Daniel cubierto de nieve. Estaba tieso de frío, helado de pies a cabeza, y tenía las manitas pegadas al columpio por el hielo. Además, se había hecho pis y olía fatal.
«Ya no me quiero columpiar más», castañeteó Daniel. «Pero no puedo soltarme».
«Si hubieras obedecido y te hubieras bajado a tiempo, ahora no tendrías que estar aquí sentado como un cubito de hielo», dijo papá, y enseguida se puso a descongelar a su hijo desobediente.
En cuanto lo bajó del columpio, se lo llevó a casa, al calor. Daniel solo se resfrió. Pero desde entonces ya no quiere ni ver los columpios. Y cuando le dicen que ya es hora de irse a casa, enseguida lo deja todo y se va. Incluso echa a correr el primero hacia la puerta, para no quedarse atrás.
Y así, queridos niños, al final todo acabó bien para Daniel. Aprendió la lección y enmendó su comportamiento. Y vosotros, cuando tampoco queráis iros a casa del columpio o del tobogán, acordaos de Daniel.
¡Buenas noches!