Por la mañana, en el pueblo hay un bullicio poco habitual. Todavía ni siquiera ha amanecido del todo y ya se oyen risas, portazos y el tintineo de las campanillas. Es carnaval. Un día en el que, por un rato, casi todo está permitido y en el que el mundo se disfraza para el desfile de carnaval y vive un montón de alegría.
Ondra está de pie junto a la ventana y mira abajo, hacia la plaza del pueblo. Ve a gente con máscaras; reconoce a algunos vecinos, pero otros no sabe quiénes son. Alguien lleva en la cabeza una máscara de un oso enorme, que simboliza la fuerza y tiene que traer salud y cosecha. Luego, dos vecinos van cubiertos con una sábana blanca y llevan una máscara de yegua.

Al ver el desfile de carnaval por primera vez Ondra le pregunta a su mamá: «Mamá, ¿por qué están todos tan raros hoy?» Mamá sonríe y responde: «Porque es carnaval. Antes de que empiece el ayuno, la gente come bien por última vez, se ríe y hace un poco el tonto».
Ondra no lo entiende del todo, pero le gusta que hoy no sea un día cualquiera. Fuera aparece un desfile. Al frente va la música y, detrás, unas figuras que saltan, cantan y se divierten alegremente. De pronto, una de las personas disfrazadas se detiene justo debajo de la ventana de Ondra. «¡Eh, tú, baja!», le grita con voz grave. Ondra duda un poco, pero luego baja corriendo las escaleras.
En el desfile se entera de que el carnaval es una época en la que la gente se despide del invierno y se prepara para un periodo más tranquilo. Ondra camina un rato junto al desfile e intenta recordar quién es quién. Con una máscara se ríe, ante otra siente un poco de respeto. Pero lo que más le llama la atención es precisamente el gran oso. Es todo marrón, peludo, y lleva al cuello una cadena que tintinea con cada paso. El oso de vez en cuando da un pisotón, gruñe, y los niños saltan para apartarse de él.
«Ese es importante», le susurra a Ondra la señora que está a su lado. «Sin el oso no sería lo mismo».
El desfile se detiene en la plaza del pueblo, la música se queda en silencio un momento y la gente empieza a mirar a su alrededor. Porque, de pronto, nadie ve al oso. La cadena no tintinea, la cabeza peluda ha desaparecido entre las casas. «¿Dónde está?», preguntan hablando todos a la vez.
Ondra recuerda que hace un momento vio al oso apartarse, lejos del ruido. Echa a correr hacia el viejo granero. La puerta está entreabierta y dentro hay silencio. La máscara del oso está apoyada contra la pared, pero el resto del oso no aparece por ninguna parte.
Al cabo de un momento, el portón chirría y entra en el granero un chico que parece medio oso, solo que tiene cabeza humana. Ondra supera su miedo y pregunta: «¿Dónde estabas? Todos te están buscando». El medio oso sonríe y responde con calma: «Ya sabes, también los osos necesitan ir al baño de vez en cuando. Venga, volvamos al desfile».
Cuando vuelven al desfile, todo se pone en marcha otra vez. La música empieza a sonar, la gente aplaude y el oso vuelve a dar pisotones hacia los niños. Ondra camina un trecho con ellos y disfruta de los colores del carnaval de hoy. Al final, les invita a buñuelos fritos, generosamente espolvoreados con azúcar.
Por la noche, todo ha terminado y el pueblo vuelve a estar tranquilo. Solo en alguna mesa queda la última rosquilla y en el suelo unos cuantos papelillos de colores. El carnaval ha terminado. Ondra se duerme con un montón de experiencias y recuerdos nuevos.