La hierba alta del prado estaba cálida y suave. El pequeño corzo yacía acurrucado en ella, de modo que apenas se veía. Tenía unas cuantas motitas claras en el lomo y, por lo demás, se quedaba quieto.
Sabía que no debía moverse. Su mamá se lo había dicho antes de irse. Hablaba con calma, pero con firmeza. «Quédate aquí tumbado y no hagas nada de ruido», le susurró entonces. «Volveré a por ti».

El corzo seguía tumbado y escuchaba. Oía el viento que jugaba con la hierba, el zumbido de los insectos y, de vez en cuando, pasos a lo lejos. Tenía hambre y también un poco de miedo, al fin y al cabo era la primera vez que se quedaba así, completamente solo. Pero sabía que mamá había tenido que marcharse un momento. Si se quedaba allí tumbado en silencio, nadie se fijaría en él. La pradera lo escondería.
De repente, se oyó en el aire un sonido extraño. No era un pájaro ni el viento. Era un zumbido raro que se acercaba a él y venía de algún lugar del cielo. El corzox abrió los ojos de par en par. «¿Mamá?», piuló bajito. El corazón le empezó a latir con fuerza y el cuerpo quería saltar, pero recordó sus palabras y se quedó tumbado. Además, de todos modos todavía no sabía caminar.
El zumbido se hizo más fuerte y se detuvo justo encima de él. Era un dron, como lo llamaban las personas. Y buscaba precisamente corzos pequeños como aquel en la pradera. Luego se oyeron voces humanas. «Está aquí», dijo alguien. «Está tumbado justo donde lo vimos». El corzo sintió cómo se movía la hierba a su alrededor. Alguien lo cogió en sus manos con mucho cuidado. Ese alguien llevaba guantes en las manos y una gruesa capa de hierba para no tocar al corcino en absoluto. El corzo estaba confundido, pero no sentía peligro de las personas, así que se dejó coger.
Las personas llevaron al corzo hasta el borde del prado, a la hierba más cercana al bosque. Lo dejaron suavemente de nuevo en el suelo y enseguida se apartaron. «Así, pequeñita», susurró el hombre. «Ahora ya estás a salvo. Mamá te encontrará.» El corcino se quedó tumbado, tan callado como antes. Pensaba en lo que acababa de pasar.
Aquellas personas caminaban por los prados cada primavera. Sabían que justo en esa época nacían los corzo y que pronto se segaba la hierba, así que los buscaban antes de que llegaran las máquinas. A veces también les ayudaba una pequeña máquina voladora con cámara, que les mostraba desde las alturas que alguien se escondía en la hierba. Gracias a eso salvaron a muchas crías vulnerables, que aún no sabían andar o que sus mamás habían dejado descansando un ratito.
El corzo estaba tumbado y esperaba. Durante mucho tiempo no pasó nada. Entonces la hierba se abrió suavemente y apareció una silueta conocida. Mamá. Se acercó, olfateó el aire y luego se inclinó hacia el corcino. «¿Estás bien?», susurró. «Ha sido extraño», respondió el corcino, «pero no me ha pasado nada».
Cuando refrescó al anochecer, el corzo se levantó por primera vez sobre sus patas inseguras. Estaba junto a su mamá y miraba el prado, que ya estaba segado. Tenía ganas de correr por la hierba cuando aprendiera a dar pasos más rápidos. Ahora aprendería a caminar, pero después también saltaría y conocería el bosque. Y eso también sería gracias a las personas y a aquella extraña máquina zumbante que hoy le había ayudado.
