Después de un buen invierno, por fin llegó la primavera. El gatito Pipo corría con botas de agua entre los restos de nieve derretida y saltaba alegremente en los charcos. Ruda lo observaba con interés y disfrutaba de los cálidos rayos del sol.
—¡Ay, Ruda, mira! Qué florecita tan bonita —gritó Pipo, señalando en la hierba un grupito de pequeñas flores blancas.

—Son campanillas de invierno —dijo Ruda.
—¿Campanillas de invierno? ¿Se llaman así por la nieve, porque crecen en ella? —preguntó Pipo con curiosidad.
—No, Pipo. No crecen en la nieve, sino cuando la nieve ya se ha ido. Son de las primeras florecitas que asoman de la tierra al llegar la primavera.
—¡Uy, mira, allí hay otra campanilla de invierno! Y es mucho más grande —salió corriendo Pipo hacia el fondo del jardín.
«Eso no es una campanilla de invierno. Es una flor de primavera. ¿Lo ves? Tiene la flor más grande y parece más bien una campanita pálida».
Pipo observaba la florecilla con interés.
«Vamos a buscar más florecillas», decidió Pipo, y salió corriendo del jardín camino del prado.
«Vale, Pipo, pero ve más despacio para que pueda alcanzarte», le gritó Ruda.
De camino al prado, Pipo vio a Paulina sentada en el suelo, llorando junto a un montoncito de nieve.
«Hola, Paulina. ¿Qué te ha pasado?», preguntó Pipo.
Paulina señaló un montoncito de nieve. Solo entonces Pipo se fijó en que de él sobresalía una zanahoria y que, un poco más allá, había una olla tirada en la hierba.
«¿Ese era tu muñeco de nieve?», preguntó Pipo.
Paulina se limitó a asentir y siguió llorando. Pipo sintió mucha pena por Paulina. Le había salido un muñeco de nieve precioso y le encantaba jugar con él todos los días. Y ahora el muñeco de nieve ya no estaba.
«Ruda, ¿no se podría arreglar el muñeco de nieve de Paulina?»
«Pero, Pipo, si ya no queda nieve con la que puedas arreglarlo». La nieve se convierte en agua con el calor. En primavera se derrite y en invierno vuelve a nevar —explicaba Ruda.
“Lo siento muchísimo, Paulina. No se puede arreglar”.
De repente, a Pipo se le ocurrió una idea para animar a Paulina.
Sabes, aunque la primavera nos deshace los muñecos de nieve, a cambio saca de la tierra las florecitas más bonitas que he visto nunca. ¡Son blancas como la nieve! —contaba Pipo entusiasmado.
Paulina dejó de llorar y comenzó a escuchar a Pipo con curiosidad.
Ven, te enseñaré dónde crecen.
Pipo y Paulina llegaron al prado. Pipo enseguida le enseñó a Paulina campanillas de invierno y flores de primavera. A Paulina le gustaban mucho las florecitas, y estas le encantaron.
—Son preciosas, Pipo. Me recuerdan a la nieve, que también me gusta mucho. No me importa nada que mi muñeco de nieve se haya derretido. Seguro que en su lugar también me crecerán unas florecitas así de bonitas.
Al cabo de unos días no quedaba ni rastro de la nieve. Pipo estaba justo en el columpio cuando Paulina corrió hacia él.
«¡Pipo! ¡Tienes que ver esto! ¡En vez de un muñeco de nieve, me ha salido todo un campo de florecillas de colores!».
Pipo dejó enseguida el columpio y corrió hacia Paulina. Y sí, era verdad. En el lugar donde todavía hacía apenas unos días estaba el muñeco de nieve, ahora se apiñaban flores de todos los colores. Eran preciosas: amarillas, moradas, blancas y rojas.
«Ay, Ruda, ¿las campanillas de invierno también pueden ser de colores?», preguntó Pipo asombrado.
«Son crocos», dijo Ruda con una sonrisa.
«La primavera es preciosa», suspiró Paulina, mirando con cariño las flores de colores.
Pipo volvió al patio, donde le esperaba Miguel, su amigo, la cobaya.
«Hoy llegas un poco tarde, Pipo».
«Me entretuve, Miguel, perdona».
«No pasa nada», dijo Miguel. «Cuéntame, ¿qué te entretuvo tanto?».
«Después de comer empecé a jugar en los charcos y encontré florecillas de primavera, campanillas de invierno y narcisos de nieve. Pero luego me encontré con Paulina. Estaba muy triste porque se le había derretido el muñeco de nieve. Así que le enseñé las florecillas para que volviera a alegrarse. Y hoy ha venido a enseñarme que, en vez de un muñeco de nieve, también le habían salido florecitas, azafranes de colores».
«La primavera es preciosa. Me gustan muchísimo todos esos colores tan alegres», decía Miguel, y los dos amigos se fueron a columpiar.
