Julio sabía que se acercaba el cumpleaños de la abuela. Dentro de solo tres semanas cumpliría setenta años, pero él no tenía ni un euro. Se había gastado la paga en helados la semana anterior y no quería pedir prestado.
Pero parecía que lo salvaría una vecina, que le aconsejó que fuera a ver a la señora Alena al final del pueblo. Al parecer, fabricaba cacharros y a veces dejaba que los niños la ayudaran.

Así que Julio fue a averiguar si la señora Alena podía ayudarlo. La amable señora abrió la puerta antes de que Julio llamara.
«Te he escuchado desde la verja», dijo, y se volvió hacia el taller.
Julio lo entendió como una invitación y entró con cuidado.
El taller olía a arcilla y a madera. En las estanterías había vasijas de todos los tamaños, algunas lisas y otras con dibujos grabados. Julio explicó lo que necesitaba.
Alena lo miró de arriba abajo.
«De acuerdo. Pero no harás una vasija en una tarde. Tienes que venir tres veces. Y luego me ayudarás a ordenar. ¿De acuerdo?»
Julio se iluminó de alegría, y así quedaron de acuerdo.
Julio llegó a trabajar al día siguiente. Amasó el barro con las manos hasta que le empezaron a doler las palmas. Alena le enseñaba cómo sacarle el aire apretándolo, para que no se agrietara en el horno.
«El barro recuerda cada burbuja y no te perdona ninguna», le explicaba mientras trabajaban.
Después, Julio fue dando forma despacio a una olla, aunque le salió un poco torcida. Pero a la señora Alena no le importó en absoluto.
«Al menos la abuela verá que no lo ha hecho una máquina, sino que es de tu parte y que te has esmerado en él».
Al día siguiente, Julio volvió. Mientras tanto, el cacharro se secaba en la estantería y estaba más claro y más ligero que ayer.
«Ahora no debes secarlo demasiado deprisa», dijo Alena. «Si no, se te agrietaría por fuera, porque por dentro aún no se ha secado. Si quieres, mientras tanto puedes envolverme estas tacitas y estos cacharros en papel de periódico y meterlos en aquella caja. El fin de semana iré a venderlos al mercado».
Julio estaba contento de poder ayudar también a la señora Alena con algo. Mientras tanto, Alena hacía girar el torno y trabajaba en silencio.
Al tercer día, por fin llegó el momento adecuado para meter en el horno el puchero bien seco. Julio miraba cómo Alena alimentaba el fuego despacio y de forma constante.
Pero no entendía por qué no podía acelerarlo un poco.
«¿Por qué no avivas más el fuego, para que esté listo antes?»
Alena negó con la cabeza.
«Porque el puchero tiene que calentarse poco a poco. Si aún estuviera frío por dentro y caliente por fuera, no aguantaría».
Después esperaron juntos dos horas, hasta que Alena se atrevió a mirar la olla para ver cómo había quedado.
Cuando abrió el horno, por suerte la olla estaba entera. Estaba un poco torcida, eso sí, con un asa más gruesa que la otra, pero era resistente. Y parecía que serviría para preparar sopa o una buena cena.
Luego Julio se la llevó a casa envuelta en papel de periódico y durante todo el camino tuvo cuidado de no tropezar.
Cuando la abuela la desenvolvió el día de su cumpleaños, la sostuvo un buen rato entre las manos y le fue dando vueltas.
«¿La has hecho tú solo?»
Julio asintió.
«Es el regalo más bonito que he recibido», dijo la abuela en voz baja y lo puso sobre la mesa, en medio de la cocina, para que se viera bien.
La abuela estaba encantada y Julio estaba feliz de haber podido darle una alegría tan grande. Quizá el año que viene le fabrique esas tazas que ayer estaba envolviendo para los mercados.
