Mamá y papá trajeron a Tomás y a Héctor del hospital el martes por la mañana. Y desde aquel momento todo fue distinto. Cristina estaba de pie junto a la cuna y los miraba. Eran pequeños, rojos y dormían. Pero, en realidad, no hacían gran cosa más. También comían y hacían caca.
«Mamá, ¿y qué vamos a hacer con ellos?», preguntó Cristina. «Cuidarlos», dijo mamá, y sonrió. Pero a Cristina no le pareció una respuesta suficiente.

La primera semana fue muy rara. Mamá no hacía más que dar el pecho, cambiar pañales y luego volver a dar el pecho. Papá iba por la casa con un bebé en el hombro, y el otro estaba tumbado en la cuna esperando a que le tocara el turno. Cristina estaba sentada a la mesa con los lápices de colores y también esperaba, pero por desgracia nadie se dio cuenta de ella.
Una tarde fue a ver a mamá y se lo dijo sin rodeos. «Tú ya no juegas conmigo». Mamá puso a Héctor en la cuna, se sentó en la cama y sentó a Cristina en su regazo. «¿Sabes qué? Tienes razón. Ahora es difícil y lo siento. Pronto tendré más tiempo». Le acarició el pelo. «Pero tus hermanos no han venido a sustituirte. Han venido con nosotros para que todos nos queramos y nos demos alegría unos a otros. ¿Y sabes qué? Tú eres la única que los conocerá toda la vida».
Cristina no dijo nada a eso, pero siguió pensando en ello mucho después de acostarse. Durante las semanas siguientes empezó a observar más a los bebés. Se tumbaba en la manta y los miraba. Héctor tenía la costumbre de agitar los brazos; parecía que quisiera atrapar algo. Tom, en cambio, estaba tumbado tranquilamente, pero sus ojos no dejaban de moverse: seguían la luz, las sombras, las caras. Cristina se acercó a él. Los ojos de Tom se detuvieron. La miraba directamente.
«Mamá, ¡me está mirando!». «Claro», dijo mamá desde la cocina. «A ti te conoce más que a nadie, porque siempre les hablas».
Aquello sorprendió a Cristina. Pero si ella casi no hablaba con ellos. Pero entonces recordó que les decía buenos días cada mañana. Y que a veces les contaba lo que había pasado en el colegio. Y de vez en cuando les cantaba. Porque le gustaba hacerlo y ellos siempre se tranquilizaban mucho con eso.
La tarde del fin de semana siguiente, oyó unos sonidos extraños que venían de la habitación de sus hermanitos. Entró y vio que Tomás y Héctor estaban tumbados uno al lado del otro, emitiendo sonidos el uno hacia el otro. Se turnaban, y parecía una conversación. Tomás murmuró algo, Héctor respondió con un breve «eh» y Tomás reaccionó a su vez. Cristina se sentó en el suelo y escuchó. Aunque no sabía qué se decían, tenía claro que de verdad estaban hablando entre ellos.
Desde entonces iba a verlos todos los días. Aprendió a reconocer cuándo Tomás quería que lo cogieran en brazos y cuándo le bastaba con ver a alguien. Reconocía la expresión de Héctor cuando tenía hambre, y aquella otra de cuando solo estaba cansado. Un día mamá le preguntó cómo lo sabía, y Cristina se encogió de hombros. «Simplemente lo veo».
Una noche estaba tumbada sobre la manta entre sus dos hermanitos. Tomás le agarró el dedo y no quería soltarlo. Héctor la miró y luego todo él se retorció en una sonrisa. Fue la primera sonrisa de verdad de Héctor que Cristina vio.
Llamó a mamá. «¡Mira, mamá!» Mamá llegó corriendo, vio con alegría la primera sonrisa de Héctor y luego miró a Cristina. «¿Y sabes para quién sonrió?» Cristina lo sabía. Y pensó que tener dos hermanos era, en realidad, bastante estupendo.
