Cada primavera, Natalia pasaba parte de las vacaciones en el jardín de la abuela y el abuelo. Ya sabía cómo funcionaban las cosas en su casa. La abuela cocinaba y el abuelo cuidaba el jardín.
Cada primavera, sin excepción, el abuelo salía a mediados de abril con una bolsa de bulbos y plantaba lirios. En junio florecían y la abuela los ponía muy contenta en un jarrón sobre la mesa. Eran blancos como la nieve y perfumaban toda la habitación.

Pero este año el abuelo estaba en el hospital con una pierna rota. Natalia hizo la cuenta: quedaban tres semanas antes de que fuera demasiado tarde para plantar. Así que fue a preguntarle a mamá: «Mamá, ¿quién plantará este año los lirios del abuelo para la abuela?»
Mamá se quedó pensativa. «El abuelo siempre lo hacía él solo. Podemos intentarlo nosotros, pero yo no sé cómo». «Entonces lo averiguaré yo», respondió Natalia.
El sábado fue con su papá a visitar al abuelo al hospital. El abuelo estaba tumbado en la cama con la pierna sobre una almohada y, si no hubiera tenido aquella escayola, habría parecido el de siempre. Natalia le contó enseguida que había decidido plantar los lirios en su lugar.
«Pues seguro que la abuela se alegrará mucho», respondió el abuelo, contento. Él ya se estaba rompiendo la cabeza pensando a quién confiarle aquella tarea. A Natalia eso le alegró: «Pero necesito saber cómo hacerlo. No sé a qué profundidad hay que plantarlos, ni a qué distancia unos de otros, ni cómo cuidarlos después».
El abuelo se incorporó un poco y empezó a explicar. Los bulbos están en una bolsa de papel en la leñera, justo al lado de la puerta. Hay que plantarlos a una profundidad de unos dos puños, con la punta hacia arriba y con una separación de tres palmos. Hay que regarlos, pero no demasiado: a los lirios no les gusta el exceso de agua. Natalia iba apuntándolo todo en su cuaderno.
«Y una cosa más importante», dijo el abuelo. Plántalos a la derecha del manzano, allí donde la tierra es más oscura. Tú conoces bien ese sitio». Natalia conocía de verdad aquel sitio. Al fin y al cabo, allí admiraba cada año aquellas hermosuras blancas.
En casa fue directa al cobertizo de la leña. Encontró la bolsa fácilmente; era de papel y estaba un poco polvorienta. Dentro descubrió catorce bulbos marrones; eran duros y secos.
Cogió la palita y fue al manzano. La tierra a la derecha del manzano era realmente más oscura y más blanda que en otros sitios. Empezó a cavar. A dos puños de profundidad, a tres palmos de distancia. Fue más lento de lo que esperaba, y al cabo de un rato le dolía la espalda. Pero siguió.
Plantó el último bulbo cuando ya empezaba a anochecer. Los regó con la regadera, con cuidado, para que el agua se filtrara y no se quedara encharcada. Luego se levantó y miró el parterre. Solo parecían montoncitos de tierra. Nada más.
A finales de mayo, el abuelo volvió a casa. Y dos semanas después, los lirios de Natalia florecieron. Blancos, perfumados y bien altos. El abuelo estaba de pie en el jardín, apoyado en el bastón, y los miraba. «Son más bonitas que el año pasado», dijo por fin. Natalia sabía que no era verdad.
