El niño que lo hacía todo al revés

Había una vez un niño llamado Javier. Eso no sería nada extraordinario, porque hay muchísimos niños así en el mundo. Pero Javier lo hacía todo al revés.

La primera en darse cuenta de ello fue su mamá cuando le pidió a Javier que ordenara su cuarto. Javier, en vez de recoger, desordenó aún más los juguetes, deshizo la cama, vació una maceta y tiró los envoltorios de caramelos por toda la habitación.

Cuentos para dormir - Qué trajo el día
Qué trajo el día

La mamá se enfadó y le pidió que lo recogiera inmediatamente. Entonces, Javier sacó también la ropa de los armarios, desparramó las ceras de colores y volcó la basura del cubo sobre la mesa. La mamá estaba muy desanimada por la actitud de su hijo.

El siguiente en notar el mal comportamiento de Javier fue el papá cuando llevó a Javier con él a hacer la compra a la tienda.

«No toques nada y quédate cerca de mí», advirtió a Javier.

Pero en cuanto el papá se dio la vuelta, Javier empezó a tirar cosas de las estanterías. Después se escapó hacia las estanterías de fruta y verdura, donde hizo rodar naranjas, le dio a una señora en el trasero con un puerro y comenzó a gritar y correr por toda la tienda. El papá se avergonzó tanto que habría preferido que se lo tragara la tierra y el vigilante les echó de la tienda.

Desde entonces, Javier se quedaba en casa y nadie lo llevaba a ningún sitio. Pero los padres temían el día en que tuviera que empezar a ir a la escuela. Cuando le preguntaban si tenía ganas de ir a la escuela, respondía que sí. Quizá allí le enseñaran a comportarse bien, esperaban los padres.

El primer día de colegio, Javier llevó una florecita para la señora profesora. Su mamá le recordó que no debía olvidar saludar educadamente al entrar en clase. Le deseó mucha suerte y se quedó esperando frente a la escuela.

Javier entró en la clase y gritó en voz alta: «¡Qué pasa, guapetón!»

La profesora se sobresaltó, pero no dijo nada. Tampoco dijo nada cuando Javier tiró la florecilla por la ventana. Las profesoras son mujeres valientes, por eso mantuvo la calma y amablemente le pidió a Javier que se sentara bien en la sillita.

Entonces Javier se subió a la mesa de la profesora.

La profesora se puso pálida.

«Baja de ahí, Javier, le ordenó a su alumno.

En lugar de eso, Javier trepó hasta la pizarra y allí se sentó.

La profesora se enfadó. Gritaba, amenazaba, golpeaba la mesa con la regla, pero todo era inútil. Cuando llegó el señor director para ver por qué había tanto ruido en la clase, no salía de su asombro. La profesora salió corriendo de la clase, casi chocando con el director, y desapareció por algún rincón del colegio.

«Quizá no sea para tanto», pensó el director, entró en la clase y enseguida empezó a ponerles tareas a los niños. —Bien, niños, apuntad en vuestros cuadernos la fecha de hoy.

Javier, que seguía sentado en la mesa, se bajó, sacó su estuche y, con un rotulador, garabateó la fecha de ayer en la mesa.

—No estropees las mesas, Javier —le reprendió el señor director—. Y eso fue un error.

Javier empezó a garabatear en todas las mesas, les dio patadas y golpeó con las manos. Los niños, asustados, salieron corriendo del aula. El señor director salió tras ellos, encerró a Javier en el aula y ya estaba llamando a los padres para decirles que le expulsaba de la escuela y que se lo debían quedar en casa.

Así que Javier no pudo ir a la escuela. Los padres estaban muy preocupados por ello. ¿Cómo podrían corregir su comportamiento? ¿Existen médicos para este tipo de cosas? Mamá y papá llamaron a varios especialistas, pero nadie se atrevía con un caso de incorregibilidad infantil tan difícil. Algunos decían que era un caso incurable y otros proponían llevar al niño a la correccional del tristemente célebre doctor Hrozihroch.

Entonces mamá recordó a un tío suyo que vivía en el campo, lejos de la gente.

“¿Ese chico tan raro? ¿De verdad deberíamos confiarle a nuestro hijo?», se sorprendió el papá. Pero al final aceptó.

El tío Leo era un viejo gruñón y regordete, con quien nadie quería vivir. Era estricto con todos y se decía que solo se quería a sí mismo. Los padres dejaron allí a Javier con una carta en la que le pedían que cuidara de él, porque ellos debían marcharse a un largo viaje al extranjero.

Al tío no le importó. Al contrario, estaba contento de tener a alguien a quien dar órdenes.

—Bueno, Javier, ahora me voy a dormir. Cántame una nana. Y cuando me despierte, ni se te ocurra traerme la merienda. Estoy a dieta. ¿Entendido? —gritó el tío Leo.

Javier se quedó en silencio. Por primera vez en tantos años, no dijo ni una palabra. El tío se durmió pronto y a Javier se le ocurrió que debía ir a la pastelería para fastidiarle la dieta al tío lo máximo posible. Cuando se despertó, le esperaba una merienda de pastelitos, conos y rosquillas.

—No te lo vayas a comer, holgazán —gruñó el tío a Javier mientras él ya se metía el primer pastelito en la boca.

Para Javier, aquello fue una clara invitación a que él también se comiera uno.

—Ah, y fuera tengo gallinas. No vayas a darles de comer, son tremendamente glotonas. Que busquen su propio alimento —dijo el tío.

Javier salió corriendo al exterior, alimentó a las gallinas y de paso también les limpió el gallinero. El tío se va a enfadar —pensó Javier, contento.

Y así, los dos se las arreglaban bastante bien juntos. Javier trabajaba, cuidaba de los animales, ayudaba al tío en casa y hacía todo lo que el tío le mandaba, pero al revés. ¿Y creeríais, queridos niños, que a esos dos les funcionó? Al final, los dos estuvieron bastante bien juntos. Pero vosotros no lo hagáis. Seguro que no tenéis un tío tan extraño y podríais acabar en el consultorio del doctor Hrozihroch.

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