El otoño fue adentrándose poco a poco en el bosque, en silencio, pero ya no cabía duda de su fuerza. Por la mañana, la niebla flotaba sobre el musgo, el rocío brillaba en la hierba y el viento jugaba con las hojas de colores. El sol ya solo calentaba por poco tiempo y todos los animalitos sabían que había llegado la hora de prepararse para el invierno.
Las ardillas guardan nueces, la mayoría de los pajarillos ya ha volado a tierras cálidas, y el tejón mejora su guarida para que esté calentito en invierno. Y la mamá eriza, junto a sus tres hijos, Matěj, Eliška y la más pequeña, Bodlinka, salen a buscar un nuevo refugio.
—Tenemos que encontrar un lugar seguro donde estará nuestro nuevo hogar y donde podremos pasar el frío invierno—dijo la mamá, mientras buscaba un refugio adecuado por el bosque. —Debe estar seco, no debe hacer corriente y también debería ser tranquilo. Los niños correteaban tras ella y enseguida compartieron sus ideas.

—¡Aquí debajo del tocón estaría genial! —exclamó el mayor, Matěj, que había descubierto un hermoso tocón hueco. El tocón parecía perfecto a primera vista, pero cuando mamá metió allí el hocico, notó que estaba húmedo. —El tocón es bonito, pero aquí se nos mojarían las patitas y en invierno pasaríamos frío —decidió ella, y los niños le dieron la razón, porque a nadie le gustan las púas mojadas en invierno.
Luego la mediana, Eliška, encontró un montón de piedras junto al viejo muro. —¡Mira, mamá, aquí viviríamos como en un castillo y tendríamos muchísimo espacio! —exclamó entusiasmada. Pero las piedras estaban frías y el viejo muro, empapado, porque el sol no llegaba hasta allí, ahora que los días eran tan cortos. Mamá también rechazó esta idea. —Es un hogar bonito y grande, pero le vendría mejor a los osos polares que a nosotros —sonrió.
Pinchitos era la más pequeña, pero sabía sorprender a la familia de erizos y a menudo tenía buenas ideas, como cualquier otro miembro de esta alegre familia. Mientras tanto, Pinchitos descubrió un arbusto frondoso bajo el que había un montón de hojas secas, musgo y ramitas. —¡Mamá, qué bien huele aquí! —suspiró y removió las hojas con sus patitas. Mamá se acercó, tocó las hojas con la patita y se alegró. Estaban secas, blanditas y debajo del arbusto no soplaba el viento.
—Este será el sitio; aquí estaremos todos muy a gusto —dijo satisfecha. Y así comenzó la preparación de la casita para el invierno. Todos se pusieron manos a la obra: trajeron más hojas, un poco de musgo, trocitos de hierba y ramitas finas. Pinchitos metió las hojas en los huecos que quedaban, Matěj trajo algunas hojas de helecho y Eliška vigilaba para que el refugio quedara bien sujeto. La casita no era grande, pero, juntos, lograron dejarla lista. Cuando terminaron el trabajo, toda la familia se metió dentro y se acurrucó junta.
Afuera empezaba a oscurecer poco a poco y el sol en el cielo fue reemplazado por la luna. Cuando todos se preparaban para dormir, Pinchitos preguntó con curiosidad: «Mamá, ¿por qué no elegimos ese bonito tronco o esas grandes piedras?» Mamá le acarició la frente y le respondió: «Porque el mejor hogar no es el que es más bonito ni el más grande. Lo importante es que sea un lugar seguro y que todos nos sintamos bien en él, y eso lo tenemos aquí, juntos.
Luego, los animalitos y todo el bosque se fueron a dormir. En el refugio del erizo, hecho de musgo y hojas, hacía calor y se respiraba tranquilidad. Y cuando Pinchitos se acurrucó entre sus hermanos y su mamá, pensó que su pequeña casita era, en realidad, la más bonita del mundo.