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Cuentos cortos para niños - Los animales y los bandidos

Cuentos para dormir

Los animales y los bandidos

En un pueblo, a la orilla de un río, había un molino donde un burrito muy listo llevaba muchos años ayudando al molinero con el trabajo duro. Pero con el paso del tiempo, el burrito se fue haciendo viejo y cada año trabajaba un poquito menos.

Al final, el molinero pensó que el burro viejo ya no le servía para nada y, en vez de agradecerle tantos años de ayuda, lo echó a la calle diciéndole: «¡Largo de aquí, gandul, que ya no me sirves para nada!». El burrito, triste y con lágrimas en los ojos, se fue, y durante un rato no supo qué hacer. Pero luego pensó que no iba a pasarse la vida triste por culpa de aquel molinero tan grosero. A lo mejor ya no podía trabajar tanto como antes, ¡pero todavía tenía su vozarrón!

¿Y cuál es la mejor manera de ganarse la vida con la voz? ¡Pues haciéndose cantante callejero! Las lágrimas dieron paso a una sonrisa y el burrito, con la cabeza bien alta, se fue hacia la ciudad más cercana, dispuesto a empezar su nueva vida, que iba a ser estupenda.

Por el camino se encontró con un perrito que venía hacia él con la cabeza gacha. Al burrito le recordó cómo se había ido él mismo del molino hacía muy poco. Así que le rebuznó al perrito y le preguntó qué le había pasado.

—Ya soy viejo y mi amo me ha echado porque tengo sarna —se lamentó el perrito. El burrito sabía muy bien lo que era eso, así que le propuso formar con él un dúo musical: juntos iban a dar unos conciertos de maravilla. El perrito ladró de alegría, porque su vida volvía a tener sentido, y se fue con el burrito.

Siguieron juntos su camino y, al borde del sendero, se encontraron a una gata sentada con la cabeza escondida entre las patas. Le preguntaron qué le pasaba.

—Ya soy vieja, veo mal y ya no soy capaz de cazar ni un ratón. Mi dueña me ha echado, dice que no vale la pena darme de comer si no sirvo para nada —suspiró la gata.

—Pues estás igual que el perrito y yo —dijo el burrito—. Vente con nosotros. Tienes una voz preciosa, vas a quedar genial en nuestra banda.

La gata abrió mucho los ojos, sin creérselo, y luego maulló feliz y pegó un brinco como una gatita joven, de pura alegría al ver que todavía no la iban a dejar arrinconada.

Los tres siguieron hacia la ciudad, donde pensaban dar su primer concierto. Al pasar junto a una granja, oyeron a un gallo que cantaba muy asustado en el corral.

—¡Anda, qué voz más potente tienes! ¿No te gustaría venirte con nosotros? —le gritaron los animales.

—¿De verdad? ¿Me llevaríais con vosotros? Es que la cocinera me ha dicho que voy a acabar en la sopa, porque ya ni siquiera soy capaz de cuidar de las gallinas —les contó el gallo, muerto de miedo.

—¡Pues claro que sí! Con esa voz tan potente, estás hecho para nuestra banda —le dijo el burrito al gallo. Y así se unió el cuarto miembro a su grupo de músicos.

Todavía les quedaba un buen trecho hasta la ciudad, pero ya empezaba a oscurecer. Así que el gallito se subió a la rama de un castaño para ver si por allí cerca había algún sitio donde pasar la noche antes de seguir hacia la ciudad al día siguiente.

—¡Amigos, veo una casa muy bonita aquí cerca, y tiene luz! —avisó el gallito nada más subir al árbol. Así que todos se fueron hacia aquella lucecita, con la esperanza de pasar la noche bien calentitos. Cuando llegaron a la casa, se asomaron a la ventana. Dentro se estaba muy a gusto, el fuego chisporroteaba en la chimenea, pero alrededor de la mesa había tres hombres con muy mala pinta. Los animales se dieron cuenta de que eran bandidos, y justo en ese momento se estaban repartiendo el botín. Los animales no sabían qué hacer. Los bandidos no son precisamente buena gente, pero ya era de noche, y ¿adónde iban a ir a dormir? Al final, los cuatro musiquillos decidieron ponerse a cantar debajo de las ventanas: a lo mejor a los bandidos les gustaba y los dejaban quedarse allí para animarles la velada.

Dicho y hecho. Todos a la vez se arrancaron con su canción. El burrito rebuznaba a pleno pulmón, el perrito ladraba como si hubiera olido un zorro, la gata maullaba como si le fuera la vida en ello y el gallo cantaba como al amanecer. ¡Aquello sí que era un concierto de otro mundo! Los bandidos se llevaron tal susto que dejaron allí todo lo que habían robado y salieron de la casa pitando.

Los animalitos se partían de risa al ver cómo les había salido su primer concierto.

—Me parece que cantando no nos vamos a ganar muy bien la vida. Habrá que pensar en otra cosa —dijo el burrito en voz alta.

—¡Quiquiriquí! Pues nos quedamos a vivir aquí, ya que los bandidos nos han dejado la casita tan amablemente —propuso enseguida el gallito.

A todos les pareció un plan estupendo. Chocaron patitas, pezuñita y alita para cerrar el trato y se quedaron en la casita para siempre. Allí vivieron felices, y cada vez que encontraban por allí cerca a algún animalito sin casa, lo invitaban a quedarse con ellos en su casita. Y aunque al final no vivieron de la música, en su nuevo hogar cantaban a todas horas, solo por el gusto de cantar.

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