La ciudad de Strašidrno seguía cubierta por una capa de nieve que se derretía lentamente mientras la primavera empezaba a aparecer y ahuyentaba al frío invierno más allá de las colinas. Pero esa mañana la nieve parecía diferente.
Cuando las Fantasmas Dentudas se despertaron por la mañana, en vez de un manto blanco vieron una nieve naranja y sucia. Y como las fantasmas están acostumbradas a asustar a la gente y no a sí mismas, se asustaron muchísimo.

—No descorras esas cortinas, mamá —gritó el pequeño niño dentudo Bubík—. ¡Algún monstruo ha vomitado toda la ciudad y seguro que está escondido esperando a que salgamos!
—Pero, Bubík, ya no eres tan pequeño como para seguir creyendo en monstruos.
—¿Cómo? —¿Monstruo? —oyó decir el monstruo de dientes afilados, papá, desde la habitación de al lado. —¡Rápido, fuera de aquí antes de que también me vomite a mí!
Mamá suspiró y observó cómo el papá de dientes afilados intentaba meter su enorme y peludo cuerpo bajo la cama.
—Bubík, lávate bien los dientes y ven a desayunar, que tenemos que irnos al colegio —le recordó mamá mientras descorría la cortina.
Bubík se tapó los ojos con el edredón. Primero asomó un ojo con cuidado por la ventana, luego se atrevió a mirar. Todo era de color naranja. Si no era un monstruo, ¿qué otra cosa podía ser? Le recordó un poco a la especia que mamá echa en la salsa. Pimentón dulce.
“Mamá, ¿y si alguien nos ha espolvoreado con pimentón y ahora quiere comernos?» gritó Bubík.
Papá salió disparado de debajo de la cama y corrió a esconderse en el armario.
“No me comáis», gritó papá. «No estoy bueno. Después de mí os va a doler la barriga. Hace dos días que no me he lavado..”
—¡No me digas eso ni en broma! —le regañó mamá, pero papá ya estaba bien encerrado en el armario.
—Nadie nos va a comer, miedicas —dijo la hermana de Bubík, que acababa de salir de su habitación. —¿Es que no habéis visto las noticias?
—Todavía no, cariño —dijo mamá. —Y papá dejó el móvil en la mesa, así que en el armario no podrá leer nada.
—Qué va, papá ya está aquí —dijo Bubík mientras se sentaba a la mesa con el desayuno preparado.
Papá subió las escaleras agachado y se deslizó tras ellos hasta la mesa.
—Eso naranja es arena del Sáhara —explicó Dientemila.
—¡Entonces sí que nos ha vomitado un monstruo! ¡Un monstruo que comía arena! ¿Dónde se esconde ese Sáhara? —¿Nos va a comer también? —se asustó papá y se escondió debajo de la alfombra.
—El Sáhara no es ningún monstruo, papá —dijo Dientemila, dándose una palmada en la frente. —El Sáhara es el desierto más grande del mundo. Y está en África. Eso está lejísimos de aquí.
—¿Entonces cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó Bubík.
—Pues con el viento, Bubi. La arena del desierto es tan fina que el viento la puede levantar fácilmente hasta lo alto. Y allí arriba, entre las nubes, el viento sopla diferente que aquí abajo. Así es como la arena puede viajar hasta nosotros. Cuando hay mucha, puede empeorar un poco el aire, pero eso es todo.
Papá saltó de debajo de la alfombra, la alisó bien y se sentó a la mesa. Se reía alegremente y hacía como si nada de lo que acababa de hacer hubiera pasado.
—Vaya, qué hora es, debería irme a trabajar. —La gente no se asusta sola —dijo papá, recogió sus cosas y salió corriendo de casa.
—Vosotros también deberíais iros al colegio, niños —dijo mamá.
—Todavía no he terminado de comer telarañas —protestó Bubík.
—Por tu culpa vamos a perder el bububús —gruñó Dientemila y se ató un lazo en la cabeza. Se colgó la mochila del colegio a la espalda y se fue hacia la parada.
Bubík, todavía con la telaraña enrollada en su boca dentuda, se puso los zapatos, cogió la mochila y salió corriendo tras Zubomila. Por poco el bububús no se le escapa. Porque si no fuera al colegio, no sabría dónde está en el mapa ese Sáhara, no sabría que el desierto es en realidad una enorme extensión de arena y seguiría pensando que por ahí anda alguna criatura que se come los areneros y luego vomita la arena sobre la ciudad.