Febrero siempre había sido un mes un poco diferente. Mientras enero se acomodaba en sus largos días llenos de nieve y diciembre presumía de lucecitas y aroma de galletas, febrero permanecía en silencio, apartado. Era frío, pero ya no era del todo invernal.
Las mañanas seguían siendo heladas, pero el sol de la tarde a veces sabía calentar bastante. Pero los días de febrero pasaban, de algún modo, más despacio que en los demás meses.

Como si las personas y toda la naturaleza ya esperaran la primavera, que no llegaría hasta marzo. Y así febrero decidió ayudar un poco e intentar llamar al calor un poco antes.
Una mañana de febrero, el mes se sentó al borde del bosque y escuchó cómo el mundo se despertaba poco a poco. La nieve se derretía en silencio y, por debajo, empezó a asomar la tierra oscura. Las hormigas se atrevieron a salir por primera vez de sus escondites y las abejas daban vueltas nerviosas junto a las colmenas. El calor las empujaba a salir, pero aun así no estaban seguras de si ya había llegado su momento. La gente ventilaba más sus casas y se decía que la primavera seguro que ya no estaba lejos.
Pero a la mañana siguiente volvió a hacer un frío terrible. La nieve, que el día anterior ya casi se había derretido, empezó a helarse y se convirtió en hielo. La gente resbalaba, tanto si iba a pie como si iba en coche. Los pájaros, confundidos, revoloteaban por el paisaje y miraban a su alrededor. «¿Qué está pasando otra vez?», piaban entre ellos. Las abejas volvieron a meterse dentro y las hormigas se escondieron bajo las piedras con resoplidos malhumorados. Febrero lo vio todo y se le encogió el corazón.
«¿Y si me he precipitado?», susurró. «Quizá llamar a la primavera no dependa de mí, después de todo». Por eso fue a pedir consejo a los demás meses. Enero le aseguraba que el invierno aún tenía mucho trabajo por hacer. Marzo, en cambio, decía que la primavera tenía que llegar cuanto antes. Cada uno tenía su opinión y cada uno quería que su clima reinara en la naturaleza el mayor tiempo posible.
Febrero volvió al bosque y miró a su alrededor. Vio a unos niños que estaban deseando quitarse los gorros. Vio los primeros brotes, que temblaban de frío, pero no se rendían. Vio a animales que no sabían si salir de su madriguera de invierno o volver a dormir.
Y entonces lo entendió. Febrero no tiene por qué decidir qué tiempo hará. Basta con que decida cuánto tiempo se quedará aquí. Aquella noche decidió que ayudaría al invierno y a la primavera a la vez. Reunió algunos de sus días, los apartó con cuidado y se despidió de ellos. El invierno todavía no se había ido del todo, pero se volvió más suave. El sol brillaba un poquito más de tiempo y la gente se dio cuenta de que febrero había pasado más deprisa que otros meses.
Desde entonces, febrero solo tiene 28 días. Es un mes importante, que cuida el paso entre el silencio del invierno y el despertar de la primavera. Y cuando una vez cada cuatro años llega un año bisiesto, febrero recibe un día más. Así gana un día en el que puede descansar un ratito. Es una recompensa por haber sabido ceder el paso a la primavera y al invierno. A enero y a marzo.
