En lo más profundo del suelo, bajo la tierra fría y los restos de nieve helada, duerme una pequeña campanilla de invierno. No se la ve ni se la oye, pero sabe del mundo más de lo que quizá podríamos pensar.
Porque oye los pasos apagados de la gente sobre ella, siente cómo la tierra tiembla a veces con la helada y, sobre todo, percibe el frío. El invierno es largo y la campanilla de invierno sabe que todavía no debe salir.

«Todavía no, sobre todo no hay que precipitarse», se dice cada vez que la tierra se calienta un ratito. «Tengo que esperar».
Pero entonces, un día, el sol calienta la tierra un poco más, la nieve empieza a derretirse y el agua entra en la tierra. La campanilla de invierno estira su brotecito fino y se abre paso con cuidado hacia arriba. Va despacio, la tierra es pesada y está fría. Pero avanza. Cuando por fin aparece sobre la superficie, mira a su alrededor. Todo sigue gris, las ramas están desnudas y el viento es frío.
«Vaya, ¿así que este es el mundo?», piensa. Pero, antes de que le dé tiempo a mirar un poco más a su alrededor, llega la helada. La noche es muy fría y la campanilla de invierno tiembla entera. Sus hojas se encogen y la flor casi se cierra. «¿Me habré equivocado? ¿Será demasiado pronto para mí?», se pregunta. Pero por la mañana vuelve a salir el sol y la campanilla de invierno se siente como en casa. Esto, sencillamente, forma parte de su vida. El frío y la luz. La prueba y la recompensa.
Poco a poco, a su alrededor aparecen más campanillas de invierno. No son exactamente iguales; cada una es un poco diferente, pero se mantienen juntas y charlan. De esta forma les resulta más fácil superar el viento, la lluvia y los últimos chubascos de nieve. La gente se detiene junto a ellas y se alegra. Los niños las señalan y gritan: «Mira, ya es primavera».
La campanilla de invierno es pequeña, pero se mantiene bien recta y erguida. Sabe que su tiempo es corto. Cuando la tierra se calienta y la hierba crece fuerte, la flor inclina poco a poco la cabeza y se va. En pocas palabras, ya había cumplido su tarea: había dado la bienvenida a la primavera y ahora dejaba sitio de nuevo a otras flores.
Durante el verano, la campanilla de invierno descansa satisfecha en la tierra. Sobre ella crece hierba alta, florecen las flores y los insectos zumban de la mañana a la noche. El sol calienta con fuerza y la tierra está cálida, pero la campanilla de invierno sigue escondida. Sabe que el verano pertenece a otros y que su momento volverá a llegar.
En otoño, la tierra se enfría y empieza a oler a hojas mojadas. La lluvia se filtra hondo en el suelo y la campanilla de invierno siente cómo todo a su alrededor se va quedando poco a poco en calma. Los árboles dejan caer sus hojas, los días se acortan y el mundo por encima del suelo se va haciendo más lento. La campanilla de invierno se recoge aún más sobre sí misma y espera en silencio su momento.
En invierno, a su alrededor hay frío y silencio. La tierra se endurece, a veces la cubre la nieve y la escarcha llega hasta sus pequeñas raíces. La campanilla de invierno duerme, pero también empieza a reunir fuerzas poco a poco. Pronto llegará su momento y volverá a asomarse al mundo. Y volverá a recordar a las personas y a la naturaleza que, después del largo invierno, llega la primavera.
