El jueves por la mañana, en el pueblo había un silencio poco habitual. Las campanas de la iglesia no sonaron por la mañana. Y solo desde lejos se oía el repiqueteo de las carracas. Marieta abrió la ventana en casa de la abuela y respiró el aire fresco. Todavía hacía bastante frío, pero la hierba ya empezaba a oler de maravilla.
Marieta se vistió y fue a la cocina a ver a la abuela. «Buenos días», la saludó la abuela. Removió la sopa en la olla y dijo a continuación. «Hoy es Jueves Santo, así que uno debería comer algo verde para estar sano todo el año.»

Marieta miró por la ventana hacia el jardín. «¿Y si todavía no crece nada verde?» La abuela se quedó pensativa y luego respondió. «Entonces eso significaría que la primavera se ha entretenido en algún sitio».
Pero a Marieta aquello frase no le gustó mucho, así que salió corriendo al jardín y miró alrededor de los árboles. El cebollino estaba medio helado, las espinacas se encogían junto al suelo y la hierba era más gris que verde. «Eso no puede ser», suspiró. «¡El Jueves Santo no puede quedarse sin verde!»
En ese momento, unos chicos pasaron corriendo junto a la valla con carracas, y su estruendo resonó por la calle. Se decía que las campanas se iban volando a Roma durante unos días, y por eso tenían que sustituirlas los niños con sus instrumentos de madera. Las carracas repiqueteaban, zumbaban y traqueteaban, hasta que las ventanas temblaban ligeramente. Los chicos corrían de casa en casa. Estaban orgullosos de ser precisamente ellos quienes aquel día ponían sonido a todo el pueblo.
Pero Marieta ya solo tenía en la cabeza la planta verde, para que la primavera no se olvidara de ella. Examinaba los rincones del jardín, miraba bajo las hojas y apartaba ramitas. Y entonces se fijó en algo especial: junto al murete de piedra, la tierra se levantaba un poquito, como si alguien respirara debajo.
Se apoyó en una piedra, que se balanceó suavemente. Debajo de ella asomaba una hojita verde, apenas visible. Marieta apartó con cuidado la tierra y descubrió más y más brotes. Desde lejos no se veían. Pero ya estaban allí, solo esperaban un momento más cálido para poder crecer un poco más. Y quizá también a que alguien se fijara en ellas.
«¡Abuela!», llamó entusiasmada, y corrió a por la cesta y a buscar a la abuela. Juntas recogieron unas cuantas hojas tiernas de ortigas y cebollino, que se mantenían valientemente pegadas al suelo. No era mucho, pero salvaron el Jueves Santo.
Por la noche, la cocina olía a sopa verde y a pan recién hecho con hierbas. La abuela sonreía durante la cena y contaba que los adultos, hoy en día, a veces también toman cerveza verde, teñida con hierbas o espinacas. «Ya sabes, para que no todo se quede solo en la comida», guiñó un ojo. A Marieta le pareció gracioso: el mundo se había vestido de verde de la cabeza a los pies por un día.
Pero a Marieta le gustaban las tradiciones, la diversión y, al fin y al cabo, también el verde. Cuando se dormía por la noche, recordaba todo el día y esperaba con ilusión qué traería el siguiente. Porque mañana era Viernes Santo, y entonces también pasarían cosas.
