En la balda de arriba del armario suelen estar las cosas que no se usan mucho y que casi han quedado olvidadas. En casa de Emma eran cajas de fotos, sacos de dormir viejos, algunos mapas y un portátil polvoriento. Nadie lo había usado durante mucho tiempo, así que allí espera en silencio a que un día alguien se fije en él.
Una tarde Emma lo descubre mientras ordena con mamá. «¿De quién es este portátil?», pregunta, y lo baja con cuidado. Mamá recuerda que pertenecía al tío, que viajaba mucho y siempre estaba escribiendo algo o haciendo fotos. El portátil se enciende al cabo de un momento y en la pantalla aparecen carpetas con nombres de países, ciudades o montañas.

Emma las abre una por una. En ellas hay fotografías de senderos estrechos, lagos, pequeñas estaciones y puentes antiguos. En algunas imágenes hay notas breves: la cascada más bonita, el mejor pastelito o el mayor silencio que he oído nunca. Emma empieza a imaginar cómo habría sido estar de verdad en aquellos lugares de las fotos.
Después se queda sentada un rato e intenta adivinar por las fotos por dónde iban los caminos y qué había detrás de la colina que se ve en la imagen. Coge un papel y completa algunos lugares con dibujos, tal como cree que podrían ser. Y mientras lo hace, se le ocurre que algún día le gustaría guardar sus propios recuerdos de las excursiones igual que su tío.
Pasa tanto tiempo con ello que ni siquiera se da cuenta de que fuera empieza a anochecer. En la habitación hay silencio y penumbra, solo las imágenes de la pantalla siguen brillando con fuerza. En ese momento, Ema se siente un poco como una exploradora que ha encontrado un viejo baúl lleno de mapas. Y cuanto más mira, más ganas tiene de descubrir adónde seguían aquellos caminos. Allí adonde las fotos ya no llegan.
Por la noche lo cuenta en la mesa. Habla de montañas, de caminos y también de lo mucho que le gustaría ir allí. Sus padres la escuchan y papá al final dice que algunos de esos lugares no están tan lejos, así que puede elegir uno y planear una excursión.
Durante los días siguientes, Emma mira el portátil una y otra vez. Busca lugares en los mapas de internet; otras veces imprime el mapa entero e intenta seguir con él el camino de su tío. Le parece como si caminara por el sendero junto a él, solo que, en vez de mochila, tiene a su lado una taza de cacao y está sentada a la mesa, calentita en casa.
Pero, al cabo de unas semanas, ya se van de excursión de verdad con sus padres, tal como le había prometido papá. Van a un lago que encontraron en una fotografía. El camino atraviesa el bosque y Emma reconoce un lugar que ya había visto una vez en la pantalla. Pero ahora, además de verlo, oye el chapoteo del agua, siente el viento y las piedrecitas crujen bajo sus zapatos. Y es estupendo.
Cuando vuelven a casa, por la noche Emma vuelve a abrir el portátil. En una carpeta vacía guarda su primera foto propia de la excursión. La mira un momento y luego escribe una breve nota, igual que hacía el tío. Mi primera excursión al lago más bonito.
Y el portátil, que llevaba tanto tiempo esperando cubierto de polvo en la estantería, de pronto vuelve a estar contento. Y puede ilusionarse pensando en qué cosas nuevas guardará Emma en él de sus excursiones la próxima vez.
