Hoy hay un bullicio inusual en la plaza principal de la ciudad. Desde la carretera se oye un bramido grave y enseguida aparece un grupo de motos. Una tras otra se detienen junto a la fuente y la gente empieza a reunirse poco a poco alrededor.
David está entre ellos y no puede apartar la vista. Mira los depósitos brillantes, los espejos redondos y los neumáticos gruesos. Lo mira todo con tanta atención como si quisiera recordarlo hasta el último tornillo.

Uno de los motoristas se da cuenta del entusiasmo de David. Se quita el casco y le enseña dónde se acelera y por qué los guantes tienen los nudillos reforzados. David asiente y escucha cada palabra. De camino a casa, no habla más que de cómo sería tener su propia moto.
Se lo cuenta a sus padres durante la cena, otra vez antes de dormir y de nuevo por la mañana, como si no pudiera pensar en otra cosa. Mamá sonríe y le acaricia el pelo. Papá, en cambio, dice que una moto no es un juguete, y David siente que con eso seguramente se acaba el asunto. Durante varios días pasa junto a los garajes de la calle y cada vez mira dentro, por si en algún sitio ve aparcada una máquina parecida que pueda volver a mirar de cerca, al menos.
Cuando una vez van de visita a casa del abuelo, David vuelve a contarle qué moto vio y cómo debe de ser dar una vuelta en ella. El abuelo lo escucha y luego le responde: «¿Sabes que yo tengo una moto así en el garaje?» David se queda con los ojos como platos y el abuelo continúa: «Lleva mucho tiempo en el garaje y nadie la ha arrancado desde hace una eternidad, pero con un poco de cuidado quizá podría volver a andar». Al principio David piensa que está bromeando, pero entonces el abuelo coge las llaves y abre la vieja puerta de madera del garaje. Debajo de la lona hay de verdad una moto; está un poco polvorienta, pero sigue siendo preciosa.
Los días siguientes los pasan juntos en el garaje. David le pasa las herramientas al abuelo, sostiene la linterna y aprende cómo se hincha una rueda. Limpia el guardabarros con un trapo hasta que empieza a brillar de nuevo. Cuando intentan arrancar la moto por primera vez, el motor solo gruñe una vez y enseguida se queda en silencio. Otras veces no se oye nada de nada. El abuelo se encoge de hombros y dice que seguramente todavía necesita algo.
Y así es. Al día siguiente descubren que les falta una pieza pequeña, así que van a ver a uno de los motoristas que David vio en la plaza. El hombre sonríe, busca un momento en el taller y luego les entrega justo lo que necesitan. David siente que él también casi forma parte del mundo de los motoristas.
El sábado por la mañana, los dos vuelven a estar en el garaje. El abuelo prueba el motor de arranque. El motor tose, luego se pone en marcha y un sonido profundo y tranquilo llena el garaje. David se alegra, da un salto y se ríe tan fuerte que seguro que lo oyen hasta en el patio.
Un momento después, ya está sentado delante del abuelo en el sillín de la moto y avanzan despacio por el camino detrás de la casa. Sujeta con fuerza el manillar, aunque sabe que quien conduce la moto es el abuelo. Disfruta de ese momento exactamente como tantas veces se lo había imaginado. El viento le sopla en el pelo, mira a su alrededor la pradera fresca y el camino polvoriento, y percibe el olor más bonito que jamás ha sentido. Es el olor de la moto y de las aventuras que puede vivir en ella. Es exactamente tan estupendo como pensaba. Y ya está deseando ver adónde lo llevará el abuelo la próxima vez.
