Kuba estaba en casa del abuelo el fin de semana y sabía que la mañana sería distinta a la de casa: en el pueblo, nunca se duerme mucho rato. El abuelo llamó a la puerta de la habitación de Kuba antes de las seis.
«Levántate si quieres venir hoy conmigo. Tenemos que salir ya».

Kuba se vistió en tres minutos. Fuera todavía estaba medio oscuro y la hierba estaba mojada por el rocío. El tractor estaba delante del granero, el motor ya estaba en marcha y del tubo de escape subía un hilillo de humo.
Primero fueron al campo que había detrás del pueblo, donde hacía falta arar el rastrojo del trigo del año pasado. El abuelo le iba explicando a Kuba durante el trayecto cómo se ajusta la profundidad del arado y por qué se ara alternando de un lado a otro: es para que el campo no se canse.
Kuba estaba sentado a su lado en el estrecho asiento y miraba cómo, detrás de ellos, la tierra se volvía y asomaba la tierra oscura. Olía a humedad y a una frescura que ni siquiera se podía describir.
Más tarde, por la mañana, fueron en tractor al otro extremo del pueblo, donde hacía falta esparcir abono. El abuelo enganchó la abonadora y Kuba recibió la tarea de vigilar si se atascaba la boca de salida.
Dieron cuatro vueltas al campo. En la quinta vuelta, Kuba se dio cuenta él solo de que el esparcidor había dejado de esparcir de manera uniforme, y enseguida llamó al abuelo.
«Abuelo, ¡allí no está esparciendo!»
El abuelo se detuvo y asintió con la cabeza.
«Has estado muy atento.»
Después de comer se trasladaron al campo de abajo, donde el fondo de la hondonada seguía empapado por las lluvias de primavera, y entonces ocurrió. De repente, el tractor dejó de avanzar. Las ruedas traseras giraban, pero solo se hundían más.
El abuelo pisó el acelerador y luego lo soltó. Las ruedas se hundieron aún más.
«Pues estamos literalmente en el barro», dijo el abuelo, pero por su calma se veía que aquello no le había alterado.
Kuba miró al cielo. Desde el oeste se acercaban unas pesadas nubes grises.
«Abuelo, creo que va a llover».
El abuelo bajó del tractor y rodeó las ruedas.
«Lo sé. Tenemos que poner algo debajo del tractor».
Kuba corrió hasta el borde del campo, donde había ramas viejas y tablas que el abuelo dejaba allí justo para casos así. Llevaba una tabla tras otra, y el abuelo las metía bajo las ruedas.
Luego sacó una cadena fuerte del compartimento trasero del tractor.
«Allí, junto al lindero, hay un viejo tilo. Si nos apoyamos en él con la cadena y acelero, debería funcionar».
Así que lo intentaron. El primer intento no salió muy bien. También la segunda vez las ruedas no hicieron más que chirriar y las tablas salieron disparadas hacia un lado. Pero entonces, al tercer intento, de pronto funcionó.
El tractor se balanceó, gruñó y salió despacio del barro hasta tierra firme. Kuba gritó y el abuelo solo sonrió en silencio.
Antes de salir del campo, empezaron a caer las primeras gotas. El abuelo conducía despacio y observaba cómo la lluvia tamborileaba sobre el capó.
«Un cuarto de hora más y nos habríamos quedado allí hasta la mañana», dijo.
«Lo hemos conseguido justo a tiempo.»
Kuba se recostó en el asiento y miró hacia fuera. El campo que quedaba atrás estaba oscuro y mojado, y los surcos se iban llenando de agua.
A lo largo del día había visto cómo se araba, cómo se abonaba y, al final, como premio extra, también cómo un tractor puede salir del barro. Y también que ningún problema hacía enfadar al abuelo y que era mucho más agradable cuando las cosas se resolvían con calma y con cabeza.
