Un poco más allá del fin del pueblo había un viejo molino, detrás del cual empezaba el bosque. Y al otro lado de aquel bosque había un prado al que casi nadie iba. Anita lo descubrió sola una primavera.
Resulta que se encontró con una mariposa preciosa, que era tan bonita que tuvo que correr detrás de ella para disfrutarla el mayor tiempo posible.

Y así llegó corriendo hasta el prado, que era redondo, estaba rodeado de hayas viejas y en medio crecía un único manzano. Y fue precisamente allí donde vio a Orión por primera vez.
Orión era un unicornio que sabía cambiar de color. Cuando estaba alegre, era dorado como el sol. Cuando pensaba, se volvía azul. Y cuando se reía, tenía todos los colores a la vez, exactamente igual que el arcoíris. Anita le tomó cariño enseguida, y él también le tomó cariño a ella. Desde entonces iba a aquel prado a menudo, y él siempre corría a su encuentro.
Pero una tarde no corrió a su encuentro tan alegre como de costumbre. Estaba todo gris, desde las pezuñas hasta la crin, y le faltaba el cuerno de la frente. Allí donde otras veces brillaba la punta plateada del cuerno, hoy solo tenía una pequeña mancha redonda.
—Orión, ¿qué te ha pasado? —preguntó Anita—. No lo sé —dijo Orión en voz baja. —Esta mañana me he despertado y, sencillamente, ya no tenía el cuerno. Y bajó la cabeza con tristeza. —Sin él no puedo crear colores en el cielo. El atardecer de hoy será todo gris. Igual que yo.
Anita miró a su alrededor por el prado, donde la hierba era bastante alta y, además, estaba llena de florecillas. Si Orión había perdido el cuerno allí, sería muy difícil encontrarlo. Empezaron a registrar el prado por zonas; Anita apartaba la hierba con las manos y Orión olfateaba junto al suelo. Pero no había ni rastro.
Luego probaron en el arroyo que había al borde del prado. Anita vadeaba con los pies descalzos y miraba debajo de las piedras, por si el cuerno había rodado hasta allí por casualidad. Orion cruzó con cuidado a la otra orilla y buscó entre los arbustos. Pero seguían sin encontrar nada.
Entonces a Anita se le ocurrió probar de otra manera: «¿Y dónde estuviste ayer por la noche, antes de irte a dormir?», preguntó. Orion pensó un momento. «Junto al manzano. Me rasqué contra la corteza, porque me picaba la crin».
Así que fueron a probar a buscar junto al manzano. Anita se arrodilló en la hierba y empezó a buscar entre las raíces. Y allí, de pronto, encajado entre dos raíces fuertes, estaba el cuerno. Estaba un poco manchado de tierra, pero por lo demás era él y, sobre todo, ¡estaba entero!
«¡Aquí está!», exclamó Anita entusiasmada, y lo sacó con cuidado. Orion no podía creer que hubieran conseguido encontrarlo. Se acercó a su amiga, inclinó la cabeza y Anita le colocó el cuerno en la frente. El cuerno dejó de ser gris y recuperó su color plateado, y parecía como si nunca lo hubiera perdido.
Al cabo de un momento, todo Orión fue volviendo poco a poco a su color dorado de siempre, como cada vez que estaba contento. «Muchísimas gracias, me has salvado», dijo, y esta vez todos los colores del arcoíris pasaron por él a la vez.
Y así, aquella tarde, la puesta de sol fue como sacada de un cuento. Rosa, naranja, quizá incluso un poco violeta. Anita ya estaba sentada en casa, en el balcón, mirando al cielo. Sabía que Orión dibujaba aquella puesta de sol solo para ella.
