Daniel sabía desde hacía mucho tiempo que su tío Pablo tenía abejas, y precisamente por eso nunca le apetecía ir a visitarlo. Cada vez que salía el tema de la visita, Daniel se inventaba una razón por la que no podía ir.
Una vez tenía entrenamiento, otra vez deberes, y otra vez le dolía la barriga. La razón era sencilla: tenía miedo de las abejas. Al fin y al cabo, zumbaban de una forma muy rara y había tantas que podrían picarle todas a la vez.

Es que una vez, hacía años, una abeja le había picado en el parque, y ni siquiera sabía cómo había ocurrido. Pero aún tuvo la mano hinchada durante tres días y desde entonces les tenía miedo. Pero aquel verano su madre fue a verlo y le dijo que el tío ya estaba deseando que fueran y que tenían que ir.
El tío Pablo vivía un poco más allá del pueblo, en una casa aislada con un gran jardín lleno de árboles frutales y tilos. A Daniel le parecía que era precioso. Bueno, salvo por aquel zumbido que se oía desde la carretera, y cuanto más se acercaban, más fuerte sonaba. Junto a la verja, el zumbido se oía ya con toda claridad. Daniel se detuvo y no pudo seguir adelante.
—No tengas miedo y ven —dijo el tío. —Te prestaré un traje protector. El traje era grande, blanco y tenía una capucha de malla que le cubría la cabeza. Daniel parecía un astronauta con él puesto, pero se sentía más seguro. El tío lo llevó hasta las colmenas, pero fueron despacio y no le metió prisa. —Las abejas notan el miedo —dijo en voz baja. —Así que respira con normalidad y muévete despacio. Ese es todo el secreto.
Daniel respiraba con normalidad y se movía despacio. Las abejas volaban a su alrededor, se posaban en el traje y volvían a irse volando. Ninguna le picó, ni siquiera intentó hacerlo.
Su tío le enseñó un panal lleno de miel. Era pesado, dorado y olía completamente distinto a la miel del tarro de la tienda. «Esto lo construyeron las abejas solas», dijo su tío. «Miles de vuelos para recoger néctar, miles de vuelos de vuelta. Hacer un panal lleva todo el verano».
Daniel miraba el panal y pensaba en cuántos kilómetros habrían tenido que volar las abejas para que estuviera tan lleno. Luego, el tío contó que una abeja produce aproximadamente una cucharadita de miel en toda su vida. Daniel miró el tarro lleno que había en la estantería y calculó mentalmente cuántas abejas habrían trabajado para llenarlo.
Después, el tío dijo que hoy iba a sacar la miel y preguntó si Daniel quería ayudar. Daniel asintió y los dos bajaron al sótano. En el sótano había un gran extractor de miel de acero inoxidable: era redondo y parecía un barril. El tío metió dentro un panal y Daniel giró la manivela. Al principio despacio, luego más deprisa. La miel resbalaba por las paredes y se acumulaba en el fondo. Luego el tío abrió el grifo y el espeso líquido dorado empezó a caer en el tarro.
«¿Puedo probarla?», preguntó Daniel. «Claro que sí, hay que probarla», dijo el tío, y le dio una cuchara. La miel sabía diferente a cualquier otra que Daniel hubiera probado. Estaba más calentita, tenía más sabor y olía un poco a tilo. En una sola cucharadita cabía el aroma de todo el verano. Después, el tío le dio un tarro como recompensa por la ayuda de aquel día.
De camino a casa, Daniel iba sentado en el coche y estaba callado. Mamá miró hacia atrás desde su asiento. «¿Qué tal te lo has pasado hoy con el tío?». Daniel miraba por la ventana y respondió. «El tío dijo que la próxima vez puedo ayudarle todo el día. ¿Podemos salir por la mañana la próxima vez?». Mamá volvió a mirar a la carretera y sonrió. Se alegraba de que Daniel hubiera superado el miedo y sabía que la próxima vez sería el primero en llegar a la verja.
